(c) 2011. Todos los textos publicados en este blog son propiedad intelectual de Anastasio Herminio González Sánchez.

sábado, 14 de enero de 2012

La rosa y el estiércol

En una primavera de un año cualquiera, y en un pueblecito donde vivían apaciblemente unas treinta personas, vivía Torcuato, su mujer Gumersinda y sus siete hijos, cuyos nombres voy a omitir para que no empañen la belleza del de sus progenitores.
Como digo era comienzos de la primavera, hacía un día radiante, los pajaritos alborotaban con sus trinos en los alrededores del pueblo, yendo de un lado para otro. Como un día cualquiera, Torcuato se disponía a arreglar a sus animales cuando de pronto oyó unos gritos que procedían del lugar donde guardaba la basura, con el ánimo de que luego le sirviese de abono para la huerta y el resto de sus tierras.
Se dirigió muy lentamente al estercolero y cuál no fue su sorpresa cuando se dio cuenta que los gritos los daba el estiércol increpando al capullo de una rosa que estaba de él como unos tres metros. Torcuato no podía creer lo que estaba oyendo, se escondió tras la leñera y se dispuso a oír lo que el capullo y el estiércol se decían en un tono muy acalorado.
- ¡Ya estoy harto de tu mal olor! - decía el capullo al estiércol. ¡Todos los días lo primero que respiro, quiera que no, es tu pestilente olor! No me dejas disfrutar tranquilo de los rayos del sol, del aire puro, del canto de las aves,... ¡Me tienes hasta el rabo de tus malos olores! ¿Por qué no te largas a otro sitio?
El pobre estiércol, herido en su sensibilidad, se puso a llorar; pero con sus lágrimas se fue ablandando más y más, de modo que por sus pies salía un caldillo de un tufo insoportable.
- ¡No llores, mamón! ¿No ves que si te reblandeces hueles aún peor? ¡Lo que tienes que hacer es largarte, y dejarme en paz!
El pobre estiércol dejó de llorar en seco, y como el sol ya apretaba, se fue secando lentamente; hundido por las palabras del capullo, se encerró en sí mismo, no sabía qué contestarle, al fin y al cabo él no era más que un montón de estiércol.
Con este último pensamiento se disponía a echar una cabezadilla. De pronto, Torcuato salió de su escondite, llevaba en la mano un buen palo y se dirigió con mala leche y como una flecha hacia donde estaba el capullo.
El estiércol que tenía un ojo cerrado y el otro abierto, se incorporó lo mejor que pudo, con los cinco sentidos en guardia para ver en qué terminaba aquello.
- ¿A qué viene tanto orgullo, capullo? - le dijo Torcuato. ¿No te da vergüenza tratar así a quien le debes tu vida y tu hermosura, criatura?
- ¡Pero qué dices tú, majadero! ¿Acaso es el estiércol mi padre, para que digas eso?
- Es tu padre y tu madre, pues de no ser por él, tú no estarías aquí, dándotelas de hermoso, y es más, cuando un día llegues a ser una rosa llena de fragancia, no olvides que si tú hueles bien es gracias a que éste huele mal.

- Pero, ¡qué dice este tío! - dijo el capullo a una rana que contemplaba la escena desde una charca próxima. ¡Éste delira!
La rana saltó de la charca y se puso muy cerca del capullo para que la oyera, quisiera o no.

- Escucha, ¡capullo! Eres un imbécil, toma nota de lo que voy a decirte: tú eres muy hermoso y yo soy asquerosa, eso es lo que piensas ¿no? Pues bien, aparentemente las cosas son así, pero si yo no fuera tan fea, tú no serías tan hermoso. Gracias a que somos diferentes, tú resaltas con tu hermosura. Pero la belleza no lo es todo, lo que cuenta es nuestro interior, nuestra esencia. ¿Qué importaría que el día de mañana te convirtieras en una hermosa flor, pero sin olor? Si los humanos te cuidan, te miman y te admiran, es por tu aroma. Tu hermosura, con cuatro días de calor, se marchita, pero tu fragancia sigue ahí; los humanos se sirven de ti para hacer colonias; para adornar sus casas o jardines, para consolar a los enfermos, incluso para acompañar a los muertos. Ya ves si eres importante, yo en cambio, como soy repugnante, lo más que puedo esperar de los humanos es una patada en el culo. Y, ¿qué culpa tengo yo de haber nacido rana? También yo soy útil, como insectos, y de ese modo mantengo el equilibrio natural; pero pocos me reconocen el derecho a vivir. Tú, sin embargo, por ser hermoso y oloroso, eres mimado y considerado por todos. Y, ¿de quién es el mérito? ¿Tuyo? La naturaleza te hizo así, como a mí me hizo así. Por tanto, ¿de qué presumes? Dios sabrá por qué nos hizo, y para qué nos hizo; a ti, por lo que yo veo, para adorno; a mí para que resalte tu belleza; el estiércol pestilente para darnos con su muerte la vida, pues sin él la vida se pararía.
- ¡Bien dicho! - dijo Torcuato.  A ver si se entera este capullo de una vez por todas de que todos somos necesarios y no mira a nadie por encima del hombro y con gesto de desprecio.
El capullo, que durante todo el tiempo había permanecido en silencio y cabizbajo, levantó un poco la cabeza y dijo:
- Queridos amigos, gracias por la lección que me habéis dado, yo no hacía otra cosa que mirarme al ombligo, no veía a nadie que no fuera a mí mismo y si los veía los consideraba como si fuesen basura. Perdóname, basura, por considerarte una basura, valga la redundancia. La lección que me habéis dado no la olvidaré en mi vida, y si algún día me transformo en una rosa de exquisita fragancia, gracias a vuestros cuidados, no olvidaré que os lo debo y cuando un ser humano me alabe por mi fragancia y belleza, les diré: no es mérito mío, se lo debo a Torcuato, al estiércol y a la rana.
- ¡Vaya! - dijo el estiércol -, no sabes cómo me alegra oírte hablar así, nunca es tarde para aprender.
- ¡Dame un abrazo! - le dijo el capullo.
- ¡No!, que huelo muy mal - respondió el estiércol.
- Nada de eso amigo, ahora ya no noto tu mal olor y, ¿sabes por qué? Porque sé lo necesario que eres; más que yo, al fin y al cabo, si yo soy y huelo bien, es porque tú hueles mal.

Moraleja:
Formamos una pirámide
y el que está alto no olvide
que si él está allá arriba
tocándose la barriga,
es porque hay gente debajo
haciendo el duro trabajo.

 




viernes, 13 de enero de 2012

¡¡¡Muchas gracias!!!

Desde aquí quiero dar las gracias por seguir mi blog. Son ya más de 1000 vistas en un mes. De sobra se han superado mis expectativas. Hay gente que en persona me ha dicho que lo aquí publicado es ameno, aleccionador y a la vez entretenido. Y otros han dejado mensajes de ánimo y mucho cariño. A todos y a cada uno de ellos quiero darles las gracias de corazón. La intención de este blog como bien dije desde un principio, era la de sacar a la luz todo lo escrito por mi padre. También era para animar a mi padre que está enfermo y para que viese cumplido uno de sus deseos…que la gente pudiese disfrutar de sus poesías, cuentos y una novela. Quiero que sepáis que ha leído cada uno de vuestros mensajes y que está muy agradecido por la aceptación del blog. A la gente que me ha dicho que se ha enganchado a los cuentos, que sepan que esto sigue, que aún quedan muchos más.
Un fuerte abrazo.
Mari Cruz.

¡Vamos de boda!

¡Vamos de boda!
Hacía dos meses que Pili y Andrés habían recibido la invitación para la boda de una hermana de Andrés. Tenían que preparar muchas cosas, ropa, calzado para ellos y los dos hijos.
El primero se llamaba Facundo, que no parecía de este mundo, lo digo por lo feo que era.
El segundo se llamaba Emeterio, que mejor estaría a veces en el cementerio, pues pese a que ya tenía 16 años, seguía siendo maleducado, grosero y está siempre haciendo el tonto, cosa que hacía sin gran esfuerzo.
Ya se había puesto a la mesa Andrés, con el pelo alborotado y sin afeitar, en pijama ¡vamos!, como había salido de la cama. Pili, como de costumbre, al salir de la cama se puso nada más que una bata llena de pelotas, por las mangas y el trasero, ¡tiene pelotas la tía! ¡Valiente guarra! Había ido al lavabo, y con los dos índices hizo como que se lavaba, dando indicios -por lo de índices- de ser una cochinaza. Con la toalla se quitó las legañas y para rematar se quitó los mocos.
Ahora estaba en la cocina preparando unos huevos revueltos para toda la familia, la verdad es que nada más ver aquellos huevos se le revolvía a uno el estómago. Facundo por el contrario era un muchacho limpio y educado. Se duchó, como cada mañana, y se puso a la mesa impecablemente vestido.
Emeterio se pasó media hora buscando las zapatillas, pues al acostarse había mandado una al cielo y la otra al infierno. Se puso los calzoncillos al revés, y cuando fue a orinar, no había manera de sacar la flauta por ninguna parte, así que tiró de pantalones y se sentó en la taza del váter. Para aprovechar el momento, hizo mayores y menores, luego se mojó un poco el pelo y la cara y en pijama se puso y dispuso a desayunar en la mesa.
Pili fue echando en la mesa aquella pasta amarilla y blanquecina que había conseguido en la cocina. Sólo Facundo puso un gesto de desagrado, los demás, se lo metían como los puercos, ellos no hacían otra cosa que tragar, y para eso tanto daba una cosa que la otra. En cambio Facundo, comía con todos los sentidos y por tanto era más exigente.
-¡Qué te pasa Facundo! -le dijo su madre. ¡Tú siempre el mismo! Quejándote de todo, no nos ves a nosotros.
-Ya os veo, ya, y preferiría no veros.
-¡Qué has dicho!
-Nada papá.
-¡Ten cuidado con lo que dices! Que tú eres tan fino como Don Rufino.
-Y ¿quién era Don Rufino?
-Pues no lo sé, pero mi madre me decía: ¿sabes lo que decía Don Rufino? Que limpiarse con la mano es de cochinos. Y ¿sabes lo que debe de contestarle? Que peor es no limpiarse.
-Y ¿a qué viene esto ahora papá?
-A que comas y calles y no seas tan delicado, que no pareces de la familia.
-Ni falta que hace -dijo Facundo por lo bajinis.
-¿Qué has dicho? -le dijo la madre.
-Nada mamá, qué calor hace.
-¡Ah! Creía…, ¡Ten cuidado con lo que dices! Que un día te voy a romper un plato en la cabeza, ¿vale?
Cuando Pili se sentó en la mesa les dijo:
-Bueno ya sabéis  que se casa la tía Tiburcia el domingo y estamos hoy a jueves.
Emeterio se echó unas  carcajadas sonoras.
-¡Y tú de qué te ríes gilipollas! - le dijo Andrés. Del nombre de tu tía, pues ¡podías reírte de tu puñetera madre!
-¡Oye Andrés, no te pases! Que para puñetera la tuya.
-¡Vete a hacer puñetas! Un día…
-Un día ¿qué?
-Nada, mejor me callo Pili.
-Pues como os iba diciendo -continuó Pili- la tía Tiburcia se casa y tenemos que ir todos a la boda impecables, aunque luego estemos todo el año a la luna de Valencia. Esta tarde iremos todos de compras para que todo vaya milimetrado. Cogeremos el metro e iremos al centro.
Llegó el domingo y cada uno se puso lo que había comprado, la verdad es que daban el pego, aunque la verdad como dice el refrán “aunque la mona….
Llegaron a la iglesia los últimos y armaron tal lío al entrar que todos se dieron cuenta de su presencia. El sacerdote en ese momento le preguntaba a Felipe:
-¿Quieres Felipe a Tiburcia por esposa?
-Bueno, cargaré con ella, si no hay otra cosa….
-¡Cómo! Tienes que decir, sí o no.
-¿Y si digo que no?
-Pues no os caso.
-No le haga caso -dijo Tiburcia- que éste es un caso, como para salir en el Caso, o ¿es que acaso no quieres casarte? Porque si no van a tener que llamar al Ocaso.
-Lo que tú digas Tiburcia.
-Lo que yo diga no, tienes que decir tú, sí.
-Pues sí, señor cura.
-¡Amén! Pensé hijos míos que esto no acabaría nunca, aunque la verdad acaba de empezar… -dijo el cura entre dientes y con sorna.
-¿Decía algo padre?
-Nada hijos, nada, ya os enteraréis de lo que vale un peine.
-Si yo conozco todos los precios de la plaza del mercado -dijo Tiburcia con cara de mema.
-Vale hija, vale, yo no hablo de precio.
-Felipe, hijo mío -le dijo el cura- te llevas una mujer de bandera.
-Ya lo sé padre, es tonta de capirote y con bigote, pero es buena.
-Pues enhorabuena.
-Gracias padre.
Deseando estaban los novios de que terminara el banquete, y como los invitados  se hacían los remolones, en un descuido, con el pretexto de tomar el aire, se fueron a lo suyo. Directamente se fueron al piso que habían puesto a todo detalle.
-¡Cariño! ¿No me coges en brazos para entrar?
-¡Sí mi vida! De poco se me olvida.
Felipe cogió a Tiburcia y se fue directamente al dormitorio. Allí la dejo caer como si fuera un saco de patatas. Cayó de tal modo que los pies se quedaron hacia arriba, de modo que enseñaba unas buenas piernas y las bragas. Felipe no se lo pensó dos veces, y de poco se mata, pues pegó con la cabeza en el cabecero de la cama. Del golpe se hizo un chichón en la frente.
-Cariño ¡qué huevo tan grande tienes!
Felipe se miró entre las piernas.
-No, si no me refiero a esos, es en la frente -dijo Tiburcia.
-¡La madre que me parió! Me acabo de casar y ya me están saliendo cuernos.
-Anda cariño, hazme el amor, ¡tigre, que eres un tigre!
-Lo que soy es un huevazos.
-¡No seas tonto si sólo es uno, ya se deshinchará!
-Lo malo es si te hinchas tú,… voy a ponerme un profiláctico.
-Y ¿eso qué es?
-Un impermeable cariño.
-Pero si aquí no llueve Felipe
-Llover no, pero puede que nieve Tiburcia.
-¡Dios mío! ¿Qué es eso Felipe?
-Nada. Allá voy.
-¡No, que me harás daño!
-No mi vida, sólo la puntita, lo demás para empujar…
Se quedaron al final profundamente dormidos, les despertó el olor a comida que venía del patio.
-¿Tienes hambre Felipe?
-Sí mi vida ¿y tú?
-Yo hambre de hombre.
-¡Hombre! Yo pensaba que habías quedado satisfecha.
-De eso no me canso nunca cariño, ya sé que no soy muy lista para otras cosas pero para esto soy muy espabilada.
-Pues tendrás que esperar a que coma, por que si no como, ¿cómo?
-¡Qué felices vamos a ser Felipe todo el día en la cama!
-Y ¿quién va a hacer la casa y las cosas?
-Mira Felipe la casa ya esta hecha hace diez años y las cosas, ya se harán, tú… ¡hazme cositas!
-¡Y parecía tonta cuando la compré!

Moraleja:
¡Viva la gente sencilla!
Incluso a veces patosa
pero que a nadie humilla.
No les da pa’ otra cosa
que
pa’ vivir a su aire
y sin hacer daño a nadie.





El rey y el mosquito

Érase un país ni grande ni pequeño, pero lo suficientemente grande como para que en él hubiese artesanos, agricultores, mercaderes, ricos, mendigos, en fin, todos los seres humanos que conforman un país cualquiera.
Por tener, tenían hasta el rey; pero un rey  no de esos que sólo sirven de adorno, sino de los de rompe y rasga. Autoritario y de ordeno y mando; y si alguien se atrevía a contradecirle, por menos de una perra gorda le cortaba la cabeza.
Muchos de sus súbditos le odiaban a muerte, otros se habían acostumbrado al yugo, como los bueyes, pero, todos le temían no a él, que era un pelele, mas como estaba apoyado por el ejército, los curas y los ricos, su poder era inmenso o al menos lo parecía.
Entre el rey y toda la camarilla de alrededor, tenían al pueblo sencillo y llano metido en un puño.
Había que verle en su trono, parecía un pavo real, una corona de diamantes y otras piedras preciosas, un manto enorme de armiño, que sólo dejaba ver unos zapatos negros con unos broches de oro y piedras preciosas. El trono era como una gran butaca de oro macizo labrada con mucho primor.
Cada vez que se terminaba de cosechar alguna cosa, los agricultores, a la llamada real, acudían a palacio para llevar al rey gran parte de ella, que luego se repartían entre los ricos, los curas y el ejército. Con todo el descaro del mundo y sin echar una gota de sudor, arrebataban a aquellos pobres diablos el fruto de su trabajo.
En una casa muy humilde, se lamentaba cada día Dionisio, llorando como un niño, viendo que no podía comer ni dar a su mujer y sus siete hijos.
- ¡Todo el año trabajando duramente, para que luego me lo quiten casi todo! - se decía Dionisio, entre llantos.
- Y, ¿por qué no os unís todos y hacéis algo? - le decía su mujer.
- Pero, ¿qué quieres que hagamos, mujer? Si se nos ocurre levantarnos contra ellos nos machacan, ellos lo tienen todo, la unión y las armas y nosotros, pese a que nos quejamos, cada uno por nuestro lado, somos incapaces de unirnos todos contra ellos. Ellos son los grandes, los poderosos y nosotros, los pequeños e insignificantes, por eso abusan.   

En ese preciso momento, se puso en la mano diestra de Dionisio un pequeño mosquito.
- ¿Qué te sucede, Dionisio? ¿Por qué éstas tan triste?
- ¿Quién me habla?
- Pero, ¿qué te pasa Dionisio? ¿Estás delirando? - le dijo su mujer.
- Te aseguro que he oído una vocecilla, mujer.
- ¡Calla, calla! Para mí que tener el estómago vacío, te hace oír lo que dices.                                                           

La vocecilla entonces fue coreada por otras muchas semejantes, eran las de toda la familia del mosquito, que a coro repitieron:
- ¿Qué te sucede Dionisioooo?
Fue entonces cuando la mujer pudo oír también las voces. En un primer momento miraban para todos lados asustados, y al no ver a nadie, se miraban uno al otro, como dudando de sí mismos. De pronto sus manos se llenaron de mosquitos. Uno de ellos picó a Dionisio y al propio tiempo los demás repitieron:
- ¿Qué te sucede Dionisioooo?
Fue entonces cuando Dionisio y su mujer se dieron cuenta de que 


eran ellos los que hablaban.
- Sí, no os asustéis, somos nosotros, que cada día oímos vuestros lamentos y venimos a ayudaros.
- ¡Ja, ja, ja! - rió Dionisio con ganas- Y, ¿qué podeís hacer vosotros para ayudarnos? Unos simples mosquitos.
A lo que respondió uno que parecía al jefe:
- No te fíes de las apariencias, Dionisio, no hay enemigo pequeño, el secreto está en la constancia y en la astucia, y no siempre en el tamaño del adversario. Vosotros los pobres sois muchos y pequeños, al lado de los grandes y poderosos, pero si fueseis capaces de uniros, no tendrían nada que hacer.
A lo que Dionisio respondió:

- Sí, claro. Pero aún así nos machacarían.
- No seas bobo - le dijo el mosquito. No lo harían nunca, no les interesa. ¿De dónde les vendría luego el pan? Dependen ellos de vosotros más que vosotros de ellos. Vosotros sabéis valeros por vosotros mismos, ellos, puestos a malas, no son más que parásitos. Por tanto vosotros tenéis más fuerza de la que creéis, lo que sucede es que cuando alguien protesta y el rey le corta la cabeza, a los demás les entra cagalera, y de eso se ríen ellos. Pensáis que si seguís adelante os van a matar a todos, pero ya te he dicho antes que eso no les interesa. Si nos lo permitís, nosotros podemos hacer una pequeña demostración de todo lo que acabo de deciros, luego os toca a vosotros dar la cara y defender vuestros derechos a muerte, si es preciso; pero siempre será mejor que muráis alguno, para que el resto viva con dignidad, que vivir de rodillas toda la vida. Mañana - dijo el mosquito jefe-,  hay un desfile militar, con motivo de la victoria contra los duermesiestas, que acaeció hace años. En la tribuna estará el Rey, el papa, con algunos cardenales, algún general y los capitalistas más poderosos. Yo voy a mandar emisarios para que a esa hora se congreguen miles de mosquitos con sus mujeres y sus hijos para hacerles la puñeta.
- ¿Y qué pintan las mujeres en este lío?
- ¿Que qué pintan? Ellas son las que pican, no nosotros, los machos. ¿Es que no lo sabías?
- No - dijo Dionisio-, yo pensaba que eran los machos.
- Pues te equivocas, son ellas. ¿Quién manda en tu casa, Dionisio?
- Yo, cuando no está mi mujer.
- Pues toma nota, lo mismo sucede con todas las especies animales. Como te decía, citaré a todos para que mañana estén a la hora del desfile, vosotros desde las aceras tomar nota de lo que suceda y no lo olvidéis jamás.
Llegó el día siguiente, en la tribuna estaban todos los personajes que supuso el mosquito. Comenzó el desfile y todo discurría normalmente. Pero de repente apareció una nube inmensa de mosquitos, mientras los machos y los pequeñines les distraían posándose en las manos, las hembras les picaban sin compasión en los ojos, orejas etc. Todos los soldados se vieron obligados a soltar sus armas, para defenderse, tapándose la cara con las manos. Aquello era de risa, los campesinos se divertían de lo lindo. El rey mantenía una lucha sin tregua con una hembra, que por fin le metió todo su aguijón en las narices.
- ¡Cómo te atreves, yo soy el rey!
- ¿El rey de qué?
- ¡De mis súbditos!
- ¿Y qué clase de rey serías tú sin ellos?
- Pues nunca lo había pensado - dijo el rey.
- ¡Pues ve pensándolo, hideputa! Tú, sin ellos, no eres nadie, y ellos sin uno como tú, vivirían como dios.
A las voces de esta hembra se sumaron muchas más y le pusieron al Rey la nariz como un pimiento morrón, hasta hubo alguna atrevida que le picó en las pelotas y que cuando el rey sintió el pinchazo en dicha parte dijo:
- ¡A mí no me las había tocado nadie hasta ahora, es privilegio mío el tocárselas a todo el mundo!
- Pues, ¡aprende mamón, se acabó el ser un abusón!
Su santidad el papa, elevaba su mirada al cielo pidiendo ayuda y Dios parece que se la mandó: en forma de una nube negra se lanzaron sobre él miles de mosquitos, dando con santidad en tierra.
- ¿Habías visto alguna vez la tierra tan de cerca, santidad? Pues esto es la tierra, lo que al fin somos todos, que la gente honrada trabaja para vivir, y no para que otros vivan del sudor de los que se dejan la piel en ella.
- ¡¡¡Qué queréis!!! - dijeron a un tiempo el Rey y el papa.
- ¿Veis esos campesinos andrajosos y muertos de hambre? Os lo deben a vosotros, de ahora en adelante queremos que les permitáis vivir la mitad de bien que vosotros. ¿No es mucho, no?
- De acuerdo - contestaron del Rey y el papa.  Pero si la culpa no es sólo nuestra, son como un rebaño, ¿a dónde van a ir sin pastores que les guíen?
- De acuerdo, pero una cosa es el guiarles y otra explotarles.
Y mirando el mosquito jefe a los campesinos les dijo:

Vuestro rey ha prometido
que de ahora en adelante
ninguno será oprimido
y que tendrá otro talante.
Pero si deja de hacerlo
cegado por su egoísmo
haced como hemos hecho
les tocáis bien las pelotas
si no, ¡sois unos idiotas!
 

jueves, 12 de enero de 2012

Viaje por el Amazonas


Siempre desde que era niño, había soñado con un viaje por el Amazonas. Así que Federico, cuando se le presentó la primera ocasión, no se lo pensó dos veces. Su mujer Filomena, no quiso acompañarle:
- ¡A mí me dan mucho miedo los animales!
- Pero no seas ingenua - le dijo Federico -, los animales irracionales, es decir los que no tienen uso de razón, no hacen daño a nadie, a menos que se les ponga entre la espada y la pared.
- ¡Lo que tú digas! ¿Qué me dices de esos mosquitos que propagan enfermedades, o incluso la muerte súbita?
- Bueno Filomena, en eso tienes razón, pero yo pienso que es porque están de mala leche, porque Dios les hizo tan pequeños y por eso pican a todo el que se les pone delante.
- ¡Déjate de tonterías, por más que insistas, yo no pienso  ir contigo a ese infierno!
- Bueno mujer, pues me llevaré a Facundo.
- ¡Pero qué dices, insensato! ¡El niño no sale  de casa si yo no voy con él!
- ¿Por qué te empeñas en llamarle niño? Ya tiene 18 años, y va siendo hora de que espabile, no pensarás tenerlo toda la vida metido entre tus faldas. Además ya es mayor de edad, tiene derecho a decidir por su cuenta. ¡Facundo, Facundo!
- ¿Qué quieres papá?
- Mira hijo mío, tú madre y yo no nos ponemos de acuerdo respecto a que yo quiero que vengas conmigo al Amazonas y ella no quiere que vayas, por temor a que te coman los animales, aún no ha aprendido que el mayor de los animales es el ser humano. Mata por ambición, por egoísmo, por placer, por envidia, etc... el animal sólo mata para sobrevivir.
Después de una larga discusión, acordaron emprender el viaje al día siguiente, padre e hijo, pues la madre no dio su brazo a torcer.
A la mañana siguiente se incorporaron a un grupo que iba allí, en un safari fotográfico. Sólo estaba permitido a cada uno llevar una pistola, y usarla en caso de que le fuera en ello su vida; de no ser así, sería sancionado severamente, pues en el grupo iba un delegado del departamento de policía brasileña, para poner las cosas en su sitio si fuera necesario.
En una embarcación no muy grande y medio destartalada por fuera, se adentraron en el río Amazonas.
- Papá, ¿iremos seguros en esta embarcación? Tiene una pinta que da la impresión de desarmarse en cualquier momento.
- No te preocupes Facundo, las apariencias engañan, ella y el patrón, como puedes ver, tienen el mismo aspecto; pero a su favor cuentan con  lo que más valor tiene, la experiencia el patrón, y la embarcación, un motor a prueba de balas.
-  ¡Y de patadas, papá! Cada vez que le cuesta arrancar le da una y como si le tuviera miedo, se pone en marcha.
- Seguro que cuando eran jóvenes, se hacían carantoñas a cada momento; pero con el tiempo todo cambia, lo importante es que en lo más hondo haya amor, aunque se manifieste de otra manera.
- No me vas a decir papá, que está bien el pasarse discutiendo todo el día y diciéndose palabrotas, como los vecinos de casa.
- No hijo, lo que te quiero decir es que todo va cambiando en la vida desde el momento que nace, y el amor no iba a ser una excepción.
Mientras padre e hijo mantenían esta conversación, la embarcación se dirigía por un laberinto de meandros de aguas fangosas y lentas flanqueadas de una exuberante vegetación, de la que provenían sonidos estridentes y agudos de todos los tonos imaginables.
- Esto parece la selva - dijo Facundo.
- Es que es la selva, ¿qué esperabas, un gran manzano y a Eva dándole un trozo a Adán? Eso dijo, es otra historia u otro cuento.
- No lo sé, pero sí sé que esto que tenemos delante de nuestros ojos es real, como la vida misma.
- ¡Madero a la vista! - gritó el capitán de la embarcación.
Y efectivamente, ante nuestros ojos, vimos cómo un gran tronco venía derecho a estrellarse contra nosotros.
De no ser porque el capitán dio un giro de noventa grados, todos hubiésemos ido a parar al agua.
- ¡Ese sí que va cómodo, papá! No precisa ni motor ni gasolina, le basta con dejarse llevar por la corriente, él va a su aire caiga quien caiga.
- Naturalmente hijo, por algo es lo que es, un leño. Por desgracia hay muchos seres humanos que van por la vida igual que él, bueno, no van, se dejan llevar, que no es lo mismo. Lógicamente es comodísimo, no hay que hacer el mínimo esfuerzo; pero hijo mío, vivir es sentir, ir contracorriente si es necesario o dejarse llevar cuando conviene, si quieres algo que merezca la pena tendrás que luchar; si actúas como ese madero, irás dando tumbos de aquí para allá, y en resumen, no irás a ninguna parte, porque vamos cuando luchamos, no cuando permitimos que otros nos lo den todo hecho.
Por fin la embarcación se detuvo en un recodo del río, bajaron todos con sus pertenencias y se dispusieron para adentrarse en la espesura del bosque.
Todos llevaban su cámara de fotos y el traje típico de hacer safari, el que menos artilugios llevaba encima era el capitán del barco, una camisa sucia y rota, un pantalón corto desgastado y eso sí, unas buenas botas, una bolsa de costado con un botiquín de urgencia, su pistola y un buen palo de dos metros, por si las moscas.
En el grupo iba a un matrimonio recién casados, todo en ellos indicaba que eran gente de mucha pasta, no faltaba un detalle en su atuendo; pero andaban como si fueran pisando huevos.
- ¡Ay papá, que me ha picado un mosquito!
- Tranquila mamá - dijo el marido, y sacando de su mochila una crema le untó con ella la cara y los brazos de tal modo que parecía un payaso del circo.
- ¿A usted no le pican los mosquitos? - le dijo el recién casado al capitán.
- A mí me pican como a todo hijo de vecino; pero ya estoy acostumbrado y paso de ellos. Lo peor que pueden hacer ustedes es darle demasiada importancia y rascarse, porque así le picará más. Por otro lado, yo tengo la piel curtida y para ellos estoy duro de pelar, así que cuando ven una piel blanca y fina como la de ustedes, para ellos es un delicioso manjar. A los mosquitos y a todos los demás animales, les importa un pepino la clase social a la que pertenecemos, tanto les da picar en las narices de un rey que en el tobillo de un porteador. Por eso me gusta a mí tanto la selva, aquí lo que cuenta es la inteligencia, o la astucia, que es una de sus ramas, el dinero no sirve para nada. Enséñale a un jaguar un puñado de billetes, cuando viene hacia usted para devorarle, trate de comprarlo..., eso aquí no vale, son artimañas que tienen su éxito en la civilización; pero aquí no cuentan para nada. Aquí todos somos iguales y así debería ser en el comienzo de los tiempos. Luego, no sé por qué razón, surgieron las diferencias económicas y sociales, y los más desvalidos se mueren de asco, mientras otros nadan en la a abundancia. Si viviéramos con la ley de la selva, nadie sería autosuficiente, habría más solidaridad, todos seríamos como una gran piña.
- ¡Bueno, basta de sermones! - dijo un hombre alto y robusto. Basta ya de monsergas, lo que yo tengo es hambre, así que si les parece acampamos y tomamos algo.
Todos asintieron, hicieron mesa redonda, sacaron cada uno sus viandas y se pusieron a comer con verdadero apetito.
- ¡Cariño, has olvidado las servilletas! - dijo la recién casada a su marido.
- Déjese de tonterías, señora, que ya me está usted empalagando con sus cursilerías. ¡Si se mancha los dedos, chúpeselos!, aquí se aprovecha todo; dentro de poco se nos acabarán las provisiones y tendremos que comer lo que pillemos.
- ¡Ni lo piense usted! - dijo la señora.
- ¡Que ni lo piense! Cuando le entre el hambre y no tenga nada que llevarse a la boca, ya me contará.
- ¡Yo no pienso comer cualquier cosa! Si se acaban las provisiones, regresamos y en paz.
- Señora, acordamos en un principio que traeríamos comida sólo para unos días, hasta llegar a una zona donde pudiésemos sobrevivir de lo que dé la naturaleza, la embarcación no podía llevar más peso, así que por una inútil como usted no vamos a cambiar los planes. Y no se preocupe, no hay mejor salsa que el hambre, tenga usted la certeza de que cuando le aprieten las tripas, comerá usted piedras.
- Eso no se lo cree usted - dijo la señora.
- ¿Que no me lo creo? Lo tengo tan seguro como que es usted una imbécil.
- Bueno, ¡basta ya! - dijo el marido, no le consiento que insulte usted a mi esposa.
- Usted me consiente lo que haga falta, ya estoy lamentando haberles traído a ustedes; no son para los demás más que un lastre, y eso que aún no hemos empezado...
- Haya paz señores - dijo Federico -, cada uno es como Dios le hizo, y lo que la vida le deshizo; lo que tenemos que hacer es unir nuestras facultades, pues todos servimos para algo, y seguir adelante.
- ¡Que todos servimos para algo! Hay gente como ésta, que no sirve para otra cosa que para hacer la puñeta.
- Pues, ¿no ve? Ya sirven para algo.
- Déjese usted de tonterías - dijo el capitán-. Es claro que hay gente para todo, pero de lo que yo no estoy seguro es de si debería haberla... porque no sirven más que para dar el coñazo. 
- ¿Duda usted de la sabiduría de Dios? - dijo Facundo.
- ¡Cállate tú, mocoso! Cuando tengas mis años sólo creerás en ti, eso es lo que cuenta, lo demás son pamplinas.
- ¿Y quién le hizo a usted?
- Que yo sepa, mi madre.
- ¿Y a su madre?
- Mira niño, no empieces con lo de el huevo y la gallina, lo que cuenta ahora es lo que tenemos a la vista, tú, yo, los demás, no me importa nada más, no me comas la cabeza... Bueno, si les parece nos adentramos en la selva, a ver si encontramos un claro para acampar como Dios manda, antes de que sea de noche.
- ¿Y porque ha nombrado a Dios, si no cree usted en él? - dijo Facundo.
- Eso son costumbres chaval, ¡y no empiezas otra vez con tu rollo, ya me contarás en qué crees cuando la vida te haya dado tantos palos como a mí! Yo sólo creo en todo lo que tiene vida, si eso es creer en Dios o en lo que la hizo, pues creo en Dios, pero si creer en Dios es nombrarle a cada momento y joder luego al prójimo, no creo en Dios, ¿me entiendes de una vez?
- Creo que sí capitán, en el fondo veo que es Vd. mucho mejor de lo que intenta parecer.                         

Tras andar durante unas cuatro horas, por fin llegaron a un claro en el bosque, allí levantaron las tiendas de campaña, mientras el capitán y el señor fuerte salieron a ojear los alrededores. Cuando volvieron trajeron
consigo buenas noticias, había muchos animales y árboles frutales, que les servirían de sustento, el agua la tenían a un palmo. Todos se pusieron muy contentos, pensando con impaciencia en las fotos que iban a hacer, o en las cintas de vídeo que iban a grabar, el entorno no podía ser mejor.
Comieron y se echaron una buena siesta, y por la tarde comenzaron a hacer las fotos. Aves preciosas, monos, anacondas, árboles gigantescos, etc...
Pasaron allí varios días de verdadero ensueño, tras los cuales cada uno regresó a su casa, pletórico de sensaciones, llenos de vida, porque durante unos cuantos días, se habían impregnado de vida auténtica y salvaje. Y así como al principio se miraban unos a otros como extraños, pensando en lo que cada uno tenía, no en lo que realmente eran, ahora se sentían hermanados, por compartir las mismas circunstancias.
Filomena, viendo las fotos y las cintas de vídeo, lamentaba el no haberles acompañado, y se prometió que en la primera ocasión acompañaría a Federico y a Facundo.
 
Moraleja:
Vivir  es como viajar,
no seas leño o maleta,
presumen de mucho andar,
pero sin ninguna meta.
Esos no van, que los llevan
donde el agua o dueño quieran,
para mí, como estar muerto.
¿No le parece a usted cierto?
¿Qué es la vida sin luchar,
y sin nada a quien amar?