(c) 2011. Todos los textos publicados en este blog son propiedad intelectual de Anastasio Herminio González Sánchez.

jueves, 12 de enero de 2012

El gran danés y el pequinés


En una ciudad cualquiera y en casi todos sus parques públicos, podemos ver a primera hora de la mañana, al mediodía, por la tarde y por la noche, como aquéllos que tienen su casa un perro de cuatro patas, le llevan a uno de estos parques para que hagan sus necesidades fisiológicas.
Aunque para cuando llegan al parque, gran parte de ellos se lo han dejado por las aceras, de modo que el ciudadano de a pie tiene que ir sorteando las dichosas cagadas para no pringarse.
Entre las cagadas de los perritos y los escupitajos de fumadores empedernidos, acatarrados y griposos, la verdad que da gusto andar por la ciudad.
La calle, que es la casa de todos, se diría que es de unos pocos. Gente que se para a charlar ocupando toda la acera, otros que van caminando de tres en tres o más, como los caracoles, haciendo caso omiso del resto de los viandantes que también tienen derecho a pasar por allí.
En fin, ni siquiera voy a ponerle nombre a la ciudad del presente cuento, imagínense ustedes una cualquiera y estará a tono con lo que le sucedió a los protagonistas.
Yo no soy amigo de parques, porque para qué: niños con patines o patinetes, que a la mínima te la meten... Si hay quince bancos, al principio en cada uno de ellos no hay más que una persona, todo el mundo quiere estar a su aire.
Excepto aquellos que han saboreado de tal modo la soledad que ya no pueden más y buscan consuelo en cualquier ser humano que tengan a mano. Porque al fin y al cabo, ninguno somos una isla más tarde o más temprano necesitamos la compañía de los demás.
El tema de conversación, al principio, suele ser el tiempo, el fútbol o la política para romper el hielo.
Puede caerte en suerte el pobre anciano que te cuente con todo detalle la guerra civil española, o que se te arrime una señora con dos o tres niños de cuatro o cinco años con un helado de chocolate chorreándoles hasta el codo, de tal suerte que en cualquier momento te ponen como un cristo.
Pues bien, un día cualquiera en uno de esos parques estaba yo sentado en un banco, cuando vi llegar a un señor que medía casi dos metros, acompañado por un perrito pequinés, esos que van siempre enseñando los dientes, con cara de mala leche.
Yo me pregunté: cómo es que un tiarrón como éste lleva un perro tan pequeño. Luego recordé que en un tratado de psicología se decía que el motivo era para resaltar más el individuo, por un complejo de inferioridad.
Quitó la correa al perrito y a cierta distancia observó cómo el animal se liberaba por detrás y por el medio.
La verdad es que no fue gran cosa, pero a mí, que estaba bastante cerca de la escena, me venía un tufo que apestaba. Y es que, el perrito dichoso, lo tenía todo concentrado, hasta la mierda...
Tan pronto como hizo sus necesidades, el perrito en cuestión se puso a dar un paseo por todo el parque, pero como se le cruzase alguien en su camino no se lo pensaba dos veces, echaba de su asquerosa boca un ladrido seco y acto seguido iba el mordisco, si el intruso no andaba listo.
Por fin su dueño le llamó y le puso de nuevo la correa, y de esta manera se puso a dar vueltas por el parque, cosa que agradecí yo, pues cuando se arrimaba a mí el perrito me daban ganas de morderle; tenía yo un día perro, por tanto el perrito estaba de más para mí.
He de reconocer que aquel día tenía que haber salido de casa con el bozal puesto, estaba que mordía. Pena me daba ver a los perros con bozal, siendo así que de no meterse con ellos salvo raras excepciones, los perros no mordían a un ser humano. Y si se mordían entre ellos es porque no se conocían, porque no estaban en su medio natural. Mejor les vendría el bozal a gente que tuvieran un día como el mío, o a tanto bocaza que anda suelto, pues sueltan cada una que mejor estarían callados.
Acompañado con estos pensamientos andaba yo, cuando por una esquina apareció un señor, como de metro y medio, acompañado por un gran danés. Era un perro que llamaba la atención, tenía una estampa preciosa, su piel era negra con unas manchas blancas repartidas por todo el cuerpo. Lo tenía todo, era largo, alto, más bien delgado, su mirada noble y de andares pausados y elegantes.
La verdad es que no hacía buena pareja con su dueño, supongo que si tenía un perro tan grande siendo el tan pequeño lo habría hecho por la ley de la compensación: yo no seré grande, pero mi perro sí. Como aquel pobre que presumía de tener un tío millonario en América. Ni siquiera le había mandado nunca un duro, pero él fardaba del tío de América, así se consolaba el pobre, pobre.
Por desgracia, hay mucha gente que funciona así por la vida, supongo que se dicen a sí mismos: ya que no somos, pareceremos. No es mucho, pero prefieren llamar la atención que pasar inadvertidos, eso les espanta, de ahí que se hagan notar dando la nota, cueste lo que cueste.
La coña comienza cuando se quedan a solas con sus miserias, que no lo serían tanto si fueran de frente y no de espaldas a la realidad. Pero en fin, la vida de cada uno es como un toro de lidia y cada cual lo torea lo mejor que puede. Lo que no cabe es pasarse la vida en el burladero, temblando de miedo. Más tarde o más temprano hay que salir al ruedo y es más prudente ante el toro, mirarlo siempre a los ojos que mirarle al rabo...
Mas sigamos con el señor del danés. Primero se dispuso a dar una vuelta por todo el parque con el ánimo de lucir su perro. Caminaba a su lado más tieso que un palo con gesto orgulloso.
El perro pasaba de ceremonias, iba a su aire, tranquilo, seguro de sí mismo haciendo caso omiso de cuanto le rodeaba.
 En éstas, de no se sabe dónde, apareció el pequinés antedicho. Como un rayo se fue derecho a por el gran danés. Con un ladrido seco, como ronco, pero insistente y enseñando los cuatro dientes que le quedaban, comenzó a moverse en círculo acercándose cada vez más.
Así estuvo un gran rato, mientras el gran danés pasaba olímpicamente de él. Pero como toda paciencia tiene un límite, no iba a ser menos en el caso del danés. Harto de tanto ladrido molesto, se lanzó sobre el pequinés cogiéndole por el lomo y lo lanzó por los aires como si fuera un muñeco de trapo.
Cayó al suelo el pequinés y todos pensamos que había llegado su hora. Pues no señora, ahora comenzó el baile de san Bito, que aunque se escribe con uve yo lo opuesto con be, por el gran lío que se armó allí.
Cuando el gran danés se disponía a rematarlo, nadie nos explicamos cómo, al alzar la cabeza el danés llevaba prendido de su morro al pequinés. Por más que trataba aquél de quitárselo de encima no lo conseguía, movía enérgicamente la cabeza de un lado para otro, pero ni por esas. El pequinés no le soltaba.
En esto apareció el dueño del pequinés, todo sofocado, rojo como un tomate y se puso a insultar al dueño del danés:
- ¡Coge tu perro, mamón! ¿No ves que me lo va a destrozar?
- ¡Eso quisiera yo! - dijo el otro. Pero a ver quién mete el morro en esta pelea. Además, ¿qué dices de destrozar al tuyo, si es el mío el que está perdiendo sangre porque le tiene cogido y no le suelta?
- ¡Que le separes te he dicho, gilipollas, o te parto la cara!
Mira, oír el pequeñajo el segundo insulto y lanzarse sobre el grandullón fue todo uno. El primer puntapié fue a parar al sexo y el segundo, cuando el otro se agachó por el dolor, al seso.
Le puso la cara como un cristo, todos los que observábamos la escena nos hacíamos cruces, siendo así que el del danés media más de dos metros. Pero de poco le estaba sirviendo, el pequeñajo tenía una mala leche que para sí quisiera el otro.
Cuando el grande se recuperaba un poco del último golpe decía:
- ¡Pedazo de mierda, te voy a machacar!
Pero aún no había terminado la frase cuando ya tenía otra parte de su cuerpo magullada, por las patadas o los puños del enano.
La cosa resultaba chistosa, por un lado peleándose los dueños y por otro los perros.
Tras muchos esfuerzos, el danés logró deshacerse del pequinés, que parecía un trapo viejo pero que hasta el último momento no dejó de morderle donde pillaba, mientras el danés se tenía que conformar con esquivarle lo mejor que podía esperando el momento de echarle el guante como Dios manda. Lo cierto es que esperando ese momento, se olvidó de algo muy esencial, como: ‘quien da primero da dos veces’, y al final, terminó con los morros como un choto y cuando se desembarazó del otro, no le quedaron ganas de ir a por más.
Lo propio le estaba pasando al grandullón con el enano, se las estaba dando todas en el mismo sitio. Cierto que tenía facultades físicas como para comérselo crudo, pero le faltaba coraje, mala leche que se dice, cosa que el enano tenía de sobra.
Habrían pasado por lo menos veinte minutos y no había aparecido aún ningún guardia municipal. Por fin, medió uno en la pelea, les amonestó de palabra a los dos y les puso la correspondiente multa.
Lo que no tuvo que poner es la cara más hinchada al grandullón porque no era posible, ni el morro más deforme y sangrante al gran danés, iban bien servidos los dos.
Sí les dijo en tono de guasa a los dos:
- Bien mirado, se puede decir que los dos han quedado empatados, puesto que si sus perros, el pequeño del grandullón, hizo morder el polvo al danés del enano, para equilibrar la balanza fue el enano quien le metió a usted mano - dijo señalando al más alto. Así que en paz, y que no vuelva a pasar, ¡vale!
- ¡No vale! - dijo el más pequeño. ¡A mí no me llama usted enano!
- ¿Y qué va a hacer usted, pegarme a mí también? ¡Le parto la porra en la cabeza!
- No he dicho nada, señor guardia, no quiero líos con la autoridad, y menos con los que defienden la ley de la fuerza.
- No entiendo lo que dices, enano, pero será mejor que no me des tiempo a pensarlo.
- ¡Oh, pero usted piensa! - dijo el enano. Pues nadie lo diría, yo pienso que tiene cara de los que comen pienso...
- ¡Serás maricón, como te pille te machaco!
 - ¡Inténtalo si puedes! - dijo el enano mientras corría que perdía el culo.


Moraleja:
A un tío con mala leche
sin músculos aparentes,
no le importa lo que le echen
aunque le rompan los dientes.
¿Para qué le sirven las pelotas
al que le faltan agallas?

La boca y el ano




Rodolfo y su hijo de seis años se disponían a salir al campo para dar un paseo, haciendo ejercicio físico y al tiempo disfrutar de la naturaleza.
Antes de salir de casa, Rodolfo metió en una mochila todo lo que él consideraba necesario para ir al campo: un buen trozo de chorizo, otro de buen pan de pueblo, un pequeño botiquín, unos prismáticos y una pequeña bota de vino.
Una vez que todo estuvo listo, le dio a su hijo Pío una cachava y él cogió un palo de casi dos metros, rugoso pero fuerte, para apoyarse o defenderse si había necesidad.
Era la primera vez que Pío acompañaba a su padre y todo cuanto veía le asombraba.
Lo primero que llamó su atención fue un pastón de mierda a la cual precedían otros de no menor tamaño.
- ¿Qué es esto, papá?
- Es una caca de vaca.
- Pues es enorme, papá.
- ¡Hombre!, date cuenta de que las vacas son muy grandes.
- Sí, pero los caballos no lo son menos y no echan estos pastones.
- Bueno Pío, todos los animales cagan de forma diferente, lo propio ocurre con su lenguaje. Todos emiten unos sonidos diferentes, de ese modo se distinguen unos de otros y se distinguen a la hora de comunicarse. Date cuenta Pío, de que a través de las heces que van dejando cada uno, nosotros podemos saber qué tipo de animales andan por aquí y no digamos si abren la boca, entonces son inconfundibles.
En ese preciso momento se oyó un ruido potente y extraño para Pío.
- ¿Qué es ese ruido, papá?- Eso es el rebuzno de un asno.
- ¡Pues vaya jaleo que arma, papá!
- Sí, hijo.                                                            
- ¿Parece que les gusta a hacerse notar?
- Sí, hijo, sí, y cuanto más grandes son, rebuznan con más fuerza. A los animales pequeños apenas se les oye, aunque también tienen su lenguaje, pero cuanto más grandes son los animales más empeño ponen en demostrarlo.
- ¿Y por qué lo hacen, papá?
- No lo sé Pío, quizás porque tienen la salud del cerdo, mucho tocino y poco cerebro. Presumen de lo que tienen, fuerza física, y luego, les guste o no, tienen que aguantar que las moscas les coman los ojos y el culo, sin poder hacer otra cosa que espantarlas con el rabo. Porque las moscas son más listas que ellos, no se ponen debajo de sus pezuñas, sino donde no pueden echarles mano. ¿Te parece que desayunemos?
- Vale, papá.
Rodolfo sacó el chorizo de la mochila, lo hizo dos trozos y lo envolvió en papel de plata, hizo un pequeño fuego que rodeó con unas piedras, para que el fuego no se extendiera en caso de que hiciera viento, y cuando quedaban sólo las ascuas, metió los chorizos en ellos y los tapó con las mismas.
- ¡Tengo hambre, papá! ¿No estarán ya?
- Creo que sí, voy a sacarlos.
Sirviéndose de unos palos, los cogió y desenvolvió.
- ¡Qué bien huelen, papá!
- ¡Mejor sabrán! ¿No te parece?

Los metió entre pan y pan y le dio uno a Pío, que  le pegó un buen mordisco.
- ¿Qué, cómo está?                                   
 
- ¡Está muy rico, papá!
Rodolfo, entre mordisco y mordisco, echaba un buen trago de la bota.
- ¡Yo quiero vino, papá!
- No puedo darte hijo, te haría daño.
- ¿Y a ti no?
- Yo ya soy mayor, y con medida, puedo tomarlo, pero a ti te sentaría muy mal. Mira Pío, cuando un niño es chiquitín, su mamá le da teta; si le diese unas alubias, lo mataría, su estómago no esta aún preparado para digerirlas, no es que sean malas, ¿comprendes?
- Sí, papá.
De pronto Pío dio un salto todo asustado.
- ¿Qué son estos bichos negros tan pequeños? ¡Me están picando mucho!
- Tranquilo hijo, son hormigas.
- No hacen ningún ruido, papá. De rebuznar como el asno me hubiese dado cuenta enseguida de que estaban aquí.
- Claro Pío, pero son muy listas, se meten en todos los sitios sin que nos demos cuenta y lo mismo pasa con los demás insectos, parece que saben que no deben hacerse notar a tenor de su tamaño y suplen la falta de masa corporal por más masa  cerebral, en ello les va la vida.
- ¡Es maravillosa la naturaleza, papá! ¿Verdad?
- Sí que lo es hijo, cada animal con su propio lenguaje, cada flor con su color y su aroma, y todos están protegidos los unos por su tamaño y los más pequeños por el mimetismo.
- ¿Qué es eso, papá?
- Pues que según donde estén, cambian de color, como el camaleón, o bien son idénticos al terreno que pisan.
- Y el ser humano papá, ¿cómo se defiende?
- El  ser humano, Pío, tiene un arma más poderosa que los animales.
- ¿Sí? ¿cuál?
- Su inteligencia.
- ¿Y qué es la inteligencia, papá?
- Cómo te lo explicaría yo... pues, que es capaz de entender más que los animales.
- ¿Y por qué tú no te entiendes con la madre de mamá?
- Bueno, esa es otra canción, ya me contarás cuando te cases y tengas suegra, si es como tu abuela, con esa no hay quien pueda.
- Pero el ser humano no hace tanto ruido como un buey, un caballo, un elefante, un asno, aunque es grande de mayor.
- Bueno Pío, eso lo dirás tú. Da la casualidad de que podría decirse que en el ser humano están todos incluidos. Los hay que cuando abren la boca, no por el sonido, sino por lo que dicen, no hacen otra cosa que rebuznar, ladrar, relinchar, mugir. Hay un montón que cuando están en presencia de los jefes, la mujer o la suegra, balan como las ovejas.
- ¿Y tú papá, qué haces, rebuznas o balas?
- Yo he procurado toda mi vida dialogar, ¿vale? ¡Que te estás pasando, Pío!
- No te que enfades papá, como has dicho que hacemos de todo.
- Sí, pero no todos, Pío, nosotros tenemos la posibilidad de elegir, el animal no, ¿me entiendes?
- Sí, papá.
- Bueno, ¿qué tal has pasado la mañana, hijo?
- Bien, papá, tenemos que venir más al campo, para que me enseñes otras clases de cagadas de animales. Porque hasta ahora no conocía más que la cagada humana.
- Todavía no sabes nada de la cagada humana...
- ¿Por qué dices eso, papá?
- Por nada, hijo.
- ¡Dime por qué!
- Pues porque la cagada humana está por todos lados.
- ¿Y por qué?
- Pues porque donde quiera que va, la caga.
- ¡No te entiendo!
- ¡Ya me entenderás! Mira, cuando vas por la calle, encuentras cargadas de perro por todas las aceras y tienes que tener cuidado de no pisarlas, ¿verdad?
- Sí, papá.
- Pues con el tiempo tendrás que aprender a distinguir las cagadas que van dejando los seres humanos por todos lados, para evitarlas y ser un hombre como es debido. Porque si no lo haces, serás uno más y mañana cuando seas mayor, te cagarás en lo más barrido, por no haber aprendido. Vamos poco a poco para casa.
- Vale papá.


Moraleja:
¿Quieres conocer a fulano o mengano?
Observa lo que sale de su boca, hermano.
También mírale a los ojos
que son como dos espejos
de lo que en el fondo somos. 



P.D.
Dale a un asno, un gramo de autoridad

y se pasará el día rebuznando.....

miércoles, 11 de enero de 2012

Los cinco sentidos, más el sexto

Cuentan que un aristócrata venido a menos, había perdido todo menos su vasta cultura y un criado fiel, que se mantuvo a su lado cuando la fortuna y los falsos amigos le dieron la espalda. El señor marqués, ni siquiera había reparado antes en el pobre Rumaldo.
Éste se encargaba de las labores más penosas: dar de comer a los caballos y demás animales, mantener limpias las cuadras y las pocilgas de los cerdos. Esta había sido durante toda su vida su única escuela y sus maestros.
Dime con quién andas y te diré quién eres... no se diferenciaba apenas de los animales a quienes, con solicitud, atendía diariamente.
Tenía invertidos los términos, el sexo lo tenía siempre en la cabeza y el seso, lo llevaba entre las piernas. Hablo naturalmente, en sentido figurado. Pero lo que era cierto, es que al estar esos dos órganos tan próximos, se hicieron amigos tan íntimos que con el tiempo se hicieron inseparables. El seso sólo estaba pendiente de los deseos de su querido y único amigo el sexo, y el sexo, le correspondía de tal manera con sus inquietudes, que al seso no le quedaba tiempo para otros menesteres.
Un día que el marqués se sentía tremendamente solo, llamó a Rumaldo y le dijo:
- Querido Rumaldo, perdóname por no haber reparado en tu existencia hasta ahora, eran tantos los amigos de mi clase que me asediaban con su falsa amistad, que nunca reparé en ti. Pero hoy me siento muy solo y desvalido y necesito calor humano; ni la mejor música, ni la lectura, ni siquiera la contemplación de la naturaleza, me dicen nada, si no tengo a mi lado un ser humano, con quien compartir mis aficiones, inquietudes e ilusiones.
- No estamos hechos para vivir en soledad - dijo Rumaldo -, ya lo dice la Biblia señor: “no es bueno que el hombre esté solo...”. Puede que usted no lo entienda, pero de no haber estado rodeado siempre de animales, yo me hubiera vuelto loco. Cierto que no es lo mismo que la compañía humana, aunque a veces es mucho mejor, no tiene más que mirarse a sí mismo. Mientras el viento le fue favorable, no faltaron moscas a su alrededor, al olor de la miel, pero cuando se secó el panal, volaron a otra colmena. Los animales que cuido yo, no me han defraudado nunca. En cambio, los seres humanos, por lo que veo en el señor marqués, cuando encuentran algo mejor se olvidan pronto de los favores recibidos.
- Tienes toda la razón del mundo Rumaldo, y por eso, dándole vueltas a la cabeza, he pensado que a lo mejor tú y yo podríamos ser amigos.
- ¡Válgame Dios! ¡Qué cosas tiene usted, señor marqués! Entre usted y yo hay un gran abismo. Usted es todo un señor y yo, ¡ay  señor! ¿Quién soy yo? Siempre he sido lo que usted ha querido que fuese, un mozo de cuadra. ¡Cómo pretende usted que puedan ser amigos dos seres tan distintos!
- Rumaldo, todos somos iguales ante Dios.
- Puede que así sea señor, pero no ante los hombres; aquí, tanto tienes, tanto vales.
- Yo me quiero referir Rumaldo, a que en el fondo todos tenemos las mismas necesidades. Necesitamos comer, respirar, andar, pensar, estarnos quietos, dormidos o despiertos, copular, amar y ser amados, etc...
- En eso estamos de acuerdo, señor. Pero usted ha recibido una educación esmerada y yo en cambio, no he tenido otra que la recibida por mis animales. De ellos he aprendido lo elemental: comer, copular, dormir y poco más.
- Pero Rumaldo, en la vida hay algo más, sin despreciar lo que tú dices, que es básico. Si los seres humanos se diferencian en algo de las bestias, es, en su capacidad para soñar despiertos, para no estar siempre con la mirada en el suelo y mirar al cielo, maravillarse con la contemplación de la naturaleza.
- Señor marqués, los animales tienen cinco sentidos como nosotros.
- De acuerdo Rumaldo, pero no es lo mismo ver que mirar. Ver, si no somos ciegos no podemos evitarlo mientras estamos despiertos, pero mirar, es fijarse con el corazón en lo que vemos y lo mismo pasa con el oír y escuchar. Oímos, queramos o no, pero sólo escuchamos cuando prestamos atención a algo concreto.
- ¡Siga, siga, señor marqués! ¡Da gusto oírle hablar! ¡Qué pena, no haber podido ir a la escuela, para utilizar los sentidos con sentido, sin dejarnos llevar como un animal!
- Aún tienes tiempo Rumaldo, que eres joven y nunca es tarde para empezar a aprender.
- Empiezo a creer señor, en nuestra posible amistad, ya tenemos algo que intercambiarnos, yo le hago compañía con mi humilde persona y usted me enseña a sentir, para alejarme un poco de vez en cuando del animal que hasta ahora he sido.
- No desprecies al animal Rumaldo, en cierto modo son más afortunados que nosotros, ellos obran por instinto, y  jamás hacen algo que les perjudique. En cambio nosotros, por tener un sentido más, que se llama razón, cierto que nuestro campo de posibilidades para ser felices es mayor; pero si hacemos mal uso de él, tenemos todas las cartas de la baraja para ser desgraciados. Tú verás Rumaldo, si después de lo que te acabo de decir, te  merece la pena quedarte como estabas o complicarte la vida, para al final, muchas veces, terminar envidiando a un animal.
- Mire señor, yo, cuando termino mis labores, ya no tengo otra cosa que hacer, que comer, dormir o copular. A veces sin  que usted se dé cuenta, le observo y le envidio, cuando está leyendo, cuando pinta o toca la guitarra, cuando escribe sus libros que alaban sus amigos, cuando montamos a caballo y su rostro resplandece de alegría al sentir el aroma de las plantas, que previamente machacan sin compasión los cascos del caballo, cuando se para y me dice: “Mira Rumaldo, ¡qué paisaje tan precioso! ¡Oye el canto de ese pajarillo, Rumaldo!”. Y yo, por más que me esfuerzo, veo pero no puedo mirar, oigo, pero no puedo escuchar. Cuando se sienta en la mesa para comer, con qué educación lo hace usted. Cómo saborea cada bocado, de qué manera degusta el vino, con qué placer se traga el humo del puro. Yo, en cambio, como a toda prisa, no saboreo nada, soy como un buzón  de correos, solamente trago. Por eso quiero que me enseñe usted a sentir, aunque eso  haga que esté más inquieto que ahora, porque alguna vez le he oído decir que vivir es sentir, que vida es inquietud, lo contrario de la muerte, que es quietud; y yo quiero vivir sintiendo, no quiero hacerlo estando prácticamente muerto.
- No sabes Rumaldo, cómo me alegra oírte hablar así. Mira por dónde, dos vidas que parecían condenadas a destruirse poco a poco, la mía por la soledad y la tuya por la ignorancia, cobran bríos nuevos, porque han recuperado las ganas de sentir con los sentidos con toda intensidad, a diferencia de aquellos que prácticamente están muertos, pues no viven, solamente esperan a la muerte dejándose vivir...



Moraleja:
Cinco sentidos tenemos
y un sexto que no se ve
pero no nos olvidemos
que es del máximo interés
porque si no razonamos
aún vivos, muertos estamos.


 

martes, 10 de enero de 2012

El águila culebrera


Cuando Petra acabó de contar su cuento, ya estaba su hermano Prudencio con la mano levantada, pidiendo paso para contar el suyo.
- ¡Ya es hora de que terminaras, pesada, que eres una pesada! ¡Vaya cuento de las narices que has contado! Más propio hubiera sido que lo hubiese contado alguien que tuviera experiencia sobre el matrimonio y los hijos, y no tú, que aún estás en pañales.
- ¡Yo cuento lo que me apetece! - dijo Petra. El cuento era bonito o al menos aleccionador, y no como los que cuentas tú, que son una payasada.
- Haya paz, hijos míos - dijo Pío- , que cada cual cuente lo que quiera, siempre que no sea grosero.
- ¡Bueno! ¿Empiezo o qué? - dijo Prudencio.
- Vale, empieza, hijo - le dijo Fidela.
- Pues, ¡allá voy! Cuentan que un día radiante de primavera, iban paseando por el campo un matrimonio joven, de unos treinta años, con dos hijos, de ocho y cinco respectivamente.
Se sentaron a descansar debajo de una encina, y no llevarían más de un cuarto de hora, cuando vieron, en una encina que estaría como a unos treinta metros, a un águila culebrera. Era preciosa, daba gusto contemplarla y ver cómo, cuando el viento acariciaba su cuello levantaba un poco sus plumas formando como un collar, que realzaba aún más, su extraordinaria belleza. Cuando estaban absortos contemplando su imagen y para asombro de todos, el águila levantó el vuelo y se dirigió como una flecha a un palmo de donde estaban ellos sentados. No habían salido aún de su asombro, cuando el águila ya tenía entre sus garras una enorme serpiente.
El reptil luchaba como una condenada, tratando de morder al águila, pero ésta, se defendía dando saltos, muy precisos, sin soltar de sus afiladas garras la culebra. En un movimiento relámpago, el águila metió la cabeza de la serpiente en su pico, y con contracciones de garganta muy rápidas, iba engullendo poco a poco a su enemigo.
En menos que canta un gallo, no quedaba a la vista de nuestros amigos más que unos veinte centímetros de su larga cola. Aún seguía agitándola como si estuviera viva, trataba de enroscarse al cuello del águila; ésta hacía todo tipo de gestos para evitarlo, al tiempo que seguía engulléndosela.
En estas estaba cuando, para asombro de los que observaban la escena y creo que para el águila misma, vieron cómo la cabeza de la serpiente salía por el ano del águila. Esta, estaba toda desconcertada, no sabía si atender a la cola o a su culo, y mientras tanto la serpiente iba saliendo arrastrando con ella al águila. Cuando ya asomaba por el culo como dos cuartos y mientras la pobre águila era entretenida con los incesantes movimientos de la cola, la serpiente se volvió como un rayo y picó al águila, que poco a poco, como si de pronto hubiera caído en un profundo sueño, terminó cayendo al suelo, muerta.
Una vez que la culebra consiguió matarla, fue sacando lentamente el resto del cuerpo y se perdió por entre la yerba.
El matrimonio y los hijos se acercaron a donde yacía el águila muerta.
- ¡Pobre animalito! - dijo el niño más pequeño.
- Sí, hijo - le dijo el padre. Es la rueda de la vida, que se alimenta con la muerte; muerte aparente hijo, porque inmediatamente, pasa a formar parte de la vida, en este caso un águila, que servirá de alimento a millones de bacterias.
- Sigamos andando - propuso la madre.
No llevarían haciéndolo más de cien metros cuando en el tronco de un gran alcornoque, les pareció ver a la serpiente de antes. Se acercaron con mucho cuidado y efectivamente era la misma, o si no, de la misma especie.
La serpiente tendría unos tres metros de largo y unos tres o cuatro centímetros de diámetro, era de color marrón oscuro, con unos dibujos preciosos, toda lo larga que era. Lentamente, casi pesadamente, pero sin pausa, se deslizaba hacia la copa del alcornoque. Desde donde estaba en el matrimonio y sus hijos, pudieron ver que iba derecha a un nido de aguilucho.
Sin saber de dónde ni por dónde, apareció de repente un águila macho. Aterrizó como una flecha, clavando al propio tiempo sus garras en el reptil.
Este se revolvió, trató de morderle, pero en su intento, perdió el equilibrio y cayó al suelo. El águila, sin perder un segundo, se lanzó sobre ella y tras una dura pelea, logró en uno de sus rápidos movimientos, machacar la cabeza del reptil, tras lo cual se la fue tragando tranquilamente.
Sí que la culebra se retorcía, de un lado a otro, pero de nada le servía. Este águila había actuado como se debe, yendo a la parte más importante, la cabeza.
El matrimonio y sus hijos, siguieron su camino y disfrutaron después de tanto lío, del día tan maravilloso que hacía.

Moraleja:
Ante cualquier enemigo,
o si tienes un problema,
yo te aconsejo amigo,
duro, y a la cabeza.

Los hijos y los pajaritos

Cuando acabó Paula, fue Pío el que se dispuso a contar el siguiente, un tanto malhumorado por el chaparrón de reproches que, unos de viva voz y otros con su mirada, le habían hecho con motivo de la caza.
Así que después de carraspear un poco, comenzó de esta manera:
- Érase un hombre que tenía cinco hijos. Mientras fueron pequeños, él y su mujer se habían desvivido por sacarlos adelante. En el primer año del nacimiento de cada uno de ellos, apenas si podían dormir él y su mujer. Cada dos horas había que darles de mamar, y a algunos hubo que darles el biberón. No veáis la cara que ponía José, que así se llamaba el marido, cada vez que el niño berreaba a cualquier hora de la noche, cuando acababan de coger el sueño, interrumpido por el biberón anterior. Mientras su mujer María, trataba de callar al niño metiéndole el chupete o el dedo pulgar, cuando el dichoso chupete no aparecía por ningún lado.
José, como digo, se tiraba de la cama medio dormido, iba a la cocina y preparaba el biberón. Se lo entregaba a María, ésta se echaba unas gotas en el antebrazo, por la parte interna, para comprobar la temperatura antes de dárselo al niño. José, que se había metido rápidamente en la cama y  empezaba a roncar de nuevo, las más de las veces era despertado por María con frases como éstas:
- ¡Esto está que arde! ¡Qué quieres, que se abrase la criatura! ¡No vales para nada, ni siquiera para calentar un biberón! ¡Inútil, que eres un inútil!
Ahí le ves a José, levantándose de nuevo para ponerlo al baño maría, con agua fría. Antes de ir a la habitación se echaba un traguito, hacía un gesto de asco y se lo daba a María.
- ¡A ver si está bien ahora!
- ¡Ahora lo has dejado helado! ¡Cómo es posible que seas tan torpe, José!
- No lo sé.
El niño de turno croaba como una rana en celo. María le ponía en los brazos de José y se iba a la cocina, a preparar, como Dios manda, el biberón.
José le ponía el chupete al niño pero éste lo escupía una y otra vez. Después probaba metiéndole el dedo pulgar; el niño chupaba con ansias, a José le hacía cosquillas y tiraba de él con fuerza. El niño al notar su falta volvía a berrear.
- ¡La madre que te parió! ¡Te callas!
De este modo, lo único que conseguía era elevar el volumen de la musiquilla que se traía el chiquillo. En una de éstas, le tapó la boca con su manaza. El niño se ponía rojo y José negro. Por temor a ahogarle, aflojaba la mano de vez en cuando, dando lugar a una música como la que sale de una trompeta, cuando a intervalos, el trompetista pone la mano a falta de sordina. A ese sonido tan extraño, acudía María.
- ¡Qué le estás haciendo al niño! ¡Le vas a ahogar, animal! ¡Ven cariñín,  que tu padre es una bestia! ¿No ves qué pronto se ha callado conmigo?
- ¡Este sabe mucho, no ha nacido y ya distingue la tapadera del puchero!
- ¡Toma!, y trátale con cariño, verás cómo no llora.
María se fue de nuevo a la cocina, José para asombro suyo pudo comprobar que el niño se había quedado dormido en sus brazos. Viendo dormir al chiquillo, se puso a echar un pitillo. Echó unas bocanadas de humo con verdadero placer y al tiempo sintió cierta humedad entre sus piernas.
- ¡Caramba!, debo estar meándome de gusto, el pitillo me está sabiendo a gloria.
Siguió fumando tranquilamente, hasta que el calorcillo que sintió al principio se convirtió en frío. Con un gesto brusco, tiró el niño a un lado y pudo ver que tenía todo el pijama mojado.
El niño recomenzó a berrear como un energúmeno, José no sabía qué hacer primero, si atender al niño o a sí mismo. Por fin se decidió por lo primero, destapó el paquete de la criatura y con un movimiento reflejo se llevó ambas manos a la nariz. El niño tenía una torta, que no olía a gloria precisamente.
- ¡Madre mía, madre mía, qué porquería! ¡Quién me diría que un día, así me vería!
Con las yemas de los dedos pulgar e índice de la mano derecha y con sumo cuidado, cogió el pañal para depositarlo en el suelo, pero al elevarlo, la torta le cayó encima.
- ¡Dios mío, Dios mío, qué asco!
Aquello era una merienda de negros, el niño llorando por el suelo, José con la torta encima y María que en ese instante asomaba por la puerta con el biberón.
- ¡Te tengo dicho que no fumes donde esté el niño! ¡El niño no tiene que tener humos!
- ¡Humos, los que tú le harás que tenga el día de mañana, con tu comportamiento y si no, mira cómo te tratan los otros!
- ¡Eres como un niño, me dan ganas de darte una a torta!
- ¡No me hace falta, mira la que llevo encima!
- ¡Si es que eres un inútil! Para nada que haces, mira la que armas.
- ¡Mira, entre el niño y tú me tenéis hasta el gorro!
- ¡Pues que te creías amigo, que el tener hijos era sólo el placer que se siente al intentarlo! ¡No majo, esto es cosa de dos, te guste o no! Y si no, ¡no haberlos hecho!
Con todo este lío, el niño se había quedado sin tomar el biberón de las dos de la madrugada, pues ya eran las cuatro.
- Y ¿qué hacemos ahora José?
- ¡Y yo qué sé! ¡Dale el doble!
- ¡Cómo puedes ser tan animal, si hago eso va a reventar!
- ¡Qué pena!
- ¡No hables así, José! Es tu hijo.
- Bueno María, vamos a calmarnos, dale el biberón y a ver si podemos dormir un poco, que mañana quiero ir a hacer un poco de senderismo.
Al día siguiente, José salió como de costumbre a practicar su deporte favorito por un sendero estrecho y empinado muy pedregoso, por el que por un costado el agua había hecho una pequeña garganta que en ese momento bajaba llena de agua cristalina.
Subió no sin esfuerzo, hasta la presa del pantano. Como había llovido mucho la noche anterior, la presa se desbordaba por un costado formando una gran catarata de espuma blanca, que se estrellaba contra las rocas del fondo, produciendo un gran estruendo. A partir de ese momento el camino se anchaba y prácticamente era llano.
José sacó de la bolsa un pequeño transistor y se puso a escucharlo con los auriculares.
No había caminado un kilómetro, cuando vio que venía un señor, ya mayor, en dirección contraria. Al llegar a su altura ambos se pararon para saludarse.
- ¡Buenos días! - dijo José.
- ¡A los buenos días! - contestó el desconocido. ¿Buen día, eh?
- No está malo - contestó José.
- Me llamo Cirilo, para servirle.
- Y yo José, si le parece a usted que puedo servirle para algo.
- ¿Por qué dice usted eso, hombre?
- Pues porque sería usted el único que considerase que valgo para algo. En casa todos me tienen por un inútil sobre todo mi mujer.
- Bueno, ya sabe cómo son las mujeres - comentó Cirilo.
- Nunca están a gusto con nada, sobre todo si ya llevas unos años de casados. Durante los primeros años de matrimonio, todo son carantoñas por parte de los dos, luego vienen los hijos y la cosa se va liando, la madre tira para un lado y el padre para otro, y es cuando empieza el baile. ¿A usted  le pasa lo mismo, Cirilo?
- A mí, y a todo hijo de vecino.
Mientras hablaban de esta manera, en un gran zarzal que había a sus espaldas se oyó un ruido, como el que producen los pajarillos cuando acaban de nacer.
 José, con la punta de la cachava, separó un poco las zarzas y pudo ver un nido de petirrojo, cuyo padre salió volando en ese instante. Para asombro de los dos, la madre no se movió hasta que José no rozó el nido con la cachava.
Los pajaritos, cuando marchó la madre se escondieron lo que pudieron. Entonces, Cirilo cogió una ramita, la puso a unos diez centímetros por encima del nido, y la fue acercando poco a poco. Enseguida, para asombro de José, los cuatro pajaritos a un tiempo, como movidos por un muelle,  sacaron sus cabezas, bueno cabezas, por decir algo. Aquello era todo picos abiertos, de par en par, al que seguía un enorme cuello, tratando de coger cualquier cosa que se pudiera comer.
- ¿Lo ve usted, José? Siempre me ha llamado la atención esta estampa. No puedo evitar al contemplarlos, el acordarme de lo que son los hijos. La naturaleza es el mejor ejemplo de todo José. Cuando los pajarillos son pequeños, los padres se desviven para traerles alimento. Una vez pude ver un nido de águilas. Durante el primer mes, los padres traían una pieza al nido. Si era un conejo, por ejemplo, sacaban de sus entrañas los trozos más delicados y se los daban a los aguiluchos con todo el cuidado, y yo diría que el cariño del mundo. Y los polluelos abrían sus fauces a más no poder, sin dar sensación de hartarse jamás. Pasado ese tiempo, tanto el padre como la madre, llegaban al nido, dejaban la presa tal cual y, ¡arréglate como puedas! Al principio los polluelos se quedaban desconcertados, no sabían por dónde empezar, miraban a sus progenitores con cara de pena como queriendo decirles: ¡dame, dame tú, por favor! Pero los padres se hacían el soga. Ante la disyuntiva de comer o no comer, los hijitos aguzaban su inteligencia y, aunque al principio les costaba lo suyo, al fin terminaban por aprender a comer solos. Y este comportamiento José, lo tienen todos los animales. Es el mejor modo de asegurar la vida y su continuidad. Alguien dijo una vez: ayudar a los jóvenes, sí, a ayudarse a sí mismos. Lo que no es bueno, ni para ellos ni para los padres, es consentirles que chupen de la teta toda su vida.
- Tiene usted, Cirilo, toda la razón; pero en la raza humana, la cosa no funciona así, y son las madres las que no se resignan a destetarlos nunca. Y este es el motivo de que muchos matrimonios sean un infierno. Mire usted, Cirilo, yo no estoy hablando de dejar de quererles, pero por quererles, hay que dar la impresión de hacerlo un poco menos, para que aprendan a defenderse por sí mismos, porque nosotros no vamos a ser eternos.
- Tiene usted toda la razón José, pero las madres son las madres y los padres los padres. Ellas son incapaces de admitir lo antes dicho y lo que consiguen con ello es infernar el matrimonio y hacer de los hijos unos inútiles o unos calzonazos, siempre dispuestos a chupar del bote.
- Bueno Cirilo, he tenido mucho gusto en conocerle, yo vengo por aquí a menudo, así que ya nos veremos.
- Vale José, hasta otro día.
 

Moraleja:
La culpa de que los hijos
se parezcan a las lapas
no la tienen siempre ellos,
sino tú, porque te pasas...
 

domingo, 8 de enero de 2012

El alacrán y la rana

En un pueblo de ciento cincuenta mil habitantes vivía el matrimonio formado por Mari Cruz y Anastasio. Aunque tenían tres hijas, por la ley natural de la vida se habían quedado solos y para paliar un poco su soledad se hicieron con una gatita persa azul, a la que pusieron de nombre Estrella, pensando sin duda que aquella estrella pondría un poco de luz en aquel hogar que había quedado en tinieblas, una vez que sus hijas se habían ido de casa.

Estrella era una preciosidad, pelo muy largo, ojos amarillos y anaranjados, juguetona como cualquier cachorro. Cada vez que Mari Cruz estaba haciendo punto, Estrella jugueteaba sin cesar con el ovillo, incluso en más de una ocasión le hacía una pelotita de lana para que jugase con ella. Para Anastasio, que andaba un poco delicado de salud, fue la mejor medicina por la compañía que le hacía.
Pasaron ocho años y a Estrella se la veía nerviosa y en más de una ocasión iba mayando amenazante hacia Mari Cruz. Anastasio cogía un palo, la amenazaba, y la gata se escondía por unos momentos debajo de la cama, pero tan pronto como perdía de vista a Anastasio, la gata iba de nuevo donde Mari Cruz en tono muy agresivo. Ella cogía un palo, pero era inútil, la gata le hacía frente amenazante.
Esta situación iba tensando cada vez más a Mari Cruz, le tenía no miedo cuando se ponía así, sino pánico, se ponía blanca y era incapaz de moverse de donde estuviera. Anastasio cogía un palo y conseguía reducirla, pero pronto volvía a lo mismo. Un mañana se levantó Mari Cruz y se puso a limpiar la jaula del canario de una de sus hijas, que se lo había subido pues se iba unos días de vacaciones. Al tiempo que limpiaba le iba diciendo algunas palabras cariñosas.
No tardó un instante en aparecer la gata como una fiera. Primero fue a los pies, mayando fuerte y de un modo parecido a cuando le pisas el rabo a cualquier gato. A un gesto de Anastasio, se puso en la puerta amenazante sin quitarle el ojo a Mari Cruz. Ésta no se atrevía a moverse del fregadero, la cara se le puso color de cera y temblaba como una campanilla. Anastasio cogió un palo y gritándole la redujo detrás de la cama, pero tan pronto como se fue a la cocina, la gata se puso de nuevo en la puerta mayando amenazante, sin perder de vista a Mari Cruz.
-¡Anastasio, por favor! Yo no puedo más, voy a llamar al veterinario para que venga y le ponga una inyección.
Anastasio la dejó hacer, para él era muy doloroso, pero estaba seguro que de ser él el atacado, pese al cariño que la tenía, la mataría o le mataría, pero no iba a soportar más aquella situación de tener que esconderse en su propia casa.
Cuando Mari Cruz lloraba desconsoladamente llamó el veterinario a la puerta, le contaron lo sucedido y el insistió si pese a todo estaban dispuestos a sacrificarla. Con lágrimas en los ojos Mari Cruz firmo la autorización. El veterinario les aseguró que la gata no iba a sufrir nada. Primero la anestesió, y cuando ya estaba profundamente dormida le puso la inyección letal. Apenas se movió el animal, a los diez minutos ya no había ningún signo de vida.
-¡Cálmate Mari! No teníamos otra salida.
Ella lloraba sin consuelo y Anastasio hacía de tripas corazón, para no derrumbarse.
-¡Qué puta vida Mari! ¿Por qué  nos tenemos que ver en estas situaciones, que aun queriendo a alguien con toda el alma, tener que deshacernos de él?
Se miraron los dos con lágrimas en los ojos, a la espera de una respuesta, pero no la había, por el momento.
Al día siguiente llevaron en el coche el cuerpo de Estrella a enterrarlo a la orilla de un río. Cavó Anastasio una fosa y con ayuda de Mari Cruz le dieron tierra. Pusieron en un costado una crucecita y el resto lo plantaron de unas florecillas amarillas. No eran capaces de moverse, estaban los dos cabizbajos mirando la pequeña tumba y recordando con amargura todo lo sucedido. De pronto oyeron el ladrido de un perro, echaron la vista atrás y pudieron ver a un señor mayor que se dirigía al lugar donde ellos estaban.
-Buenos días señores.
-Buenos días buen hombre.
-Y un buen día que hace ¿no les parece? -respondió el señor.
-Eso depende de cómo lo tenga uno -dijo Mari Cruz-, pues si uno tiene una alguna pena o algún problema tanto da que brille el sol como que esté el día gris, él lo vera siempre negro.
-Tiene usted razón señora, deduzco de sus palabras que ustedes hoy lo tienen negro, ¿me equivoco?
-No señor, no se equivoca, estamos pasando un día muy amargo, nos hemos visto obligados a sacrificar a una gata, a quien queríamos mucho.
Anastasio le contó lo sucedido y el señor, cuando hubo terminado, trató de consolarles. En primer lugar les dijo:
-Miren ustedes, en muchas ocasiones tenemos nosotros parte de culpa de cosas como estas, no deberíamos olvidar aquello de que “dios creó al gato para que el ser humano tuviese la oportunidad de de acariciar un tigre”. Un gato es una fiera, muy monos de pequeñitos, pero más tarde o más temprano sale a flote lo que es, un felino. Nosotros lo olvidamos, les tratamos como a una persona, pero no lo son y no es que sean peores que nosotros, sencillamente son, y punto. Cualquiera acariciaría sin ningún tipo de temor a un cordero, mas no lo haría con una víbora. ¿Son culpables de ser el uno un cordero y la otra lo que es? ¿No, verdad? Pues esto es lo que hay, nos guste o no, y así es la vida y pobre del que lo olvida.
-¡Cabrón, qué hijo de puta!
-Pero Anastasio, ¿te has vuelto loco? ¿Por qué insultas a este señor?
-¡No mujer! Es que me acaba de picar un tábano y al tiempo que le maldecía le he hecho papilla.
-¿Comprende usted ahora lo que le decía antes? - le dijo el señor. La vida es pura lucha por la supervivencia, y cada uno hacemos uso de nuestros medios para defendernos.
-¡Todo lo que usted quiera! Pero a mí me revienta haber tenido que matar a la gata.
-Y le comprendo Anastasio, eso le honra a usted como ser humano y se ve que es usted muy sensible al dolor ajeno, eso es bueno. Pero con lo del tábano ha tenido que admitir que si nos vemos en la disyuntiva en una lucha del otro o yo, evidentemente siempre prima el yo. Es la lucha por la supervivencia. No le dé más vueltas, sólo con verles a los dos se ve cómo querían a Estrella. Comprendo su dolor, les honra, les repito, como personas. Eso me da a entender que jamás harían daño a nadie, a menos que fuese para defender su propia integridad física. ¡Ojalá todos fuésemos como ustedes! Cuántos lo hacen por comodidad, por egoísmo, o por intereses económicos. Cuánta gente compra un perrito en otoño y cuando llegan las vacaciones lo abandonan sin ningún remordimiento en la carretera. ¡Eso sí que es una canallada! En el caso de ustedes, no hay culpables, la gata por un motivo u otro se había vuelto agresiva y resultaba un peligro, ¿era culpable? No. No se podía razonar con ella, obraba por instinto. Y ustedes tampoco son culpables de haber tenido que llegar a esos extremos. Podían haberla abandonado en la calle y ¿qué hubiese sido de ella? Haber tratado de dársela a alguien, y ¿cree usted que un animal que llevaba tanto tiempo con ustedes se hubiese adaptado? Al final tendrían que haber hecho lo mismo o parecido. El animal no tiene capacidad para razonar, obra por instinto, por eso es distinto de nosotros. Si me permiten les voy a contar una fábula:

A la orilla de una charca había un alacrán que a voz en grito le pedía a una rana que le ayudase a pasar al otro lado.
-¡Rana, no seas marrana! ¡No te hagas la sorda!

Ante tal insistencia la rana se acercó a la orilla.
-¿Qué quieres, alacrán?
-Que me ayudes a pasar al otro lado.
-¡Qué gracioso eres! ¿Y si me picas y me matas?
-¡Cómo voy a hacer eso! Moriríamos los dos.
Tras mucho pensárselo la rana aceptó a llevarlo a sus espaldas, pero sin antes advertirle.
-¡No me fio de ti, tío! Porque al fin y al cabo eres un alacrán.
Montó el alacrán y cuando estaban en la mitad de la charca el alacrán hincó su aguijón en el lomo de la rana.
-¡Hijo de la gran puta! ¿Por qué  me has picado? ¡Si ya lo sabía yo!
El alacrán con gesto impasible le dijo:
-Y ¿qué querías que hiciera? Pudo conmigo el instinto.
-¡Lo que eres es un cabrón, que es distinto!
-No, amiga rana, no lo hice porque me dio la gana. Es la naturaleza, la que gobierna mi cabeza. ¿Puedes evitar tú el croar? Pues tampoco yo el matar.
Cuando terminó la fábula, les dijo el señor:
-Así que tranquilos señores, recuerden a su gata con cariño, eso les ayudará a superar la pérdida, pensando que no sufrió al morir, y no tengan remordimientos exagerados, no tenían otra elección. O ella o ustedes, así es la vida nos guste o no. Bueno señores yo les dejo, que pasen un buen día.
-¡Adiós señor, y gracias por todo! -respondieron ellos.
Lentamente se fueron hacia el coche, lo puso en marcha Anastasio y antes de arrancarlo los dos miraron la tumba con lágrimas en los ojos y el alma rota. En su interior un grito unánime y desgarrador ‘¡Adiós Estrellita, cariño mío, regalo de dios! ¡Cuánta compañía nos hiciste! ¡Ojalá haya un cielo donde vivas en libertad, donde un día volvamos a vernos, para disfrutar de tu presencia eternamente, y perdónanos!’.
 

Moraleja:
La vida nos pone a veces
en unas situaciones
de difícil solución.
Si se trata de tú o yo
no tenemos elección…
siempre ganara, el yo

sábado, 7 de enero de 2012

El egocéntrico, egoísta y egotista

¿Quién no se ha topado alguna vez con esa clase de persona que se cree el centro del mundo, egoísta y egotista? En cierta ocasión un amigo le propuso a otro que si quería acompañarle para ir a visitar a su anciana madre a la residencia donde se hallaba hace tiempo. Antonio, que así se llamaba el hijo de dicha señora, le dijo a su amigo Felipe:
-La residencia está a diez km del pueblo, y yo no tengo coche. Si te parece vamos en el carro, engancho a él el caballo percherón y en unas dos horas nos plantamos en la residencia.
-Vale -dijo Felipe- mañana tengo el día libre y no tengo prisa para volver.
Se levantaron temprano, llenaron la bota de buen vino -estaban en La Rioja- y para acompañarlo metieron en un talego unos cuantos chorizos, un pan de pueblo y unas cuantas tortas, pues Antonio era muy goloso. Estaba rayando el día y la aurora pronto iba a dejar pasar a un sol radiante.
-¡Vamos, antes de que empiece a calentar! -dijo Felipe.
Subieron los dos al carro, Antonio tomó las riendas de Panza Gorda, que así se llamaba el caballo. Felipe se puso al lado de Antonio y lentamente, sin prisas de ningún tipo, se pusieron en camino. Y nunca mejor dicho pues no quisieron ir por carretera sino por un camino paralelo para evitar a los coches e ir más tranquilos.
Al principio iban taciturnos los dos, menos Panza Gorda, que iba todo el camino cagando y tirando pedos, de tal envergadura que alternándose con el crujido de las ruedas formaban una orquesta que hubiese molestado a cualquiera menos a nuestros dos amigos, que no eran muy exigentes en cuanto melodías. ¡Es más! Antonio presumía de tener el caballo que más pedos tiraba -por aquello de la panza gorda- y en ocasiones se sumaba con los suyos, un poco más finos, pero poca cosa. Porque él también tenía buena barriga.
De repente sólo se oía el traqueteo del carro al tropezar con los cantos del camino. Panza Gorda se había despachado a sus anchas, y lo único que dejaba oír ahora era el ruido que producían sus enormes cascos. Paradójicamente era ligero de cascos, aunque no era muy ligero….Pues cuando menos se lo esperaba Antonio, se salía del camino y pegaba un buen bocado a todo lo que se le ponía por delante.
Pero hablando, hablando…yo también me he salido del camino, así que volvamos. Felipe, que hasta entonces había permanecido callado, se puso a hablar solo.
-¡Qué vida más puta Antonio! Hace diez años murió mi padre, el año pasado mi madre, tengo los tres hijos con paperas, no nos llega ni para patatas y yo cada día mas achacoso. Me duele el estomago, el hígado, padezco de lumbago y no por ser un vago, sino por haber trabajado toda mi vida como una mula. ¡Vamos, que no tengo ganas más que de morirme!
-¡No digas eso Felipe, que puede castigarte dios!
-¿Más?
-Sí, más – le dijo Antonio. Te conozco desde hace mucho tiempo, cuando éramos niños, y siempre estás con lo mismo, siempre quejándote de tu mala suerte, y ¿sabes por qué te pasa eso? Porque vas por la vida como las caballerías, con orejeras mirándote al ombligo, y no ves a nadie que no seas tú mismo.
-¡No digas sandeces Antonio! ¿Has visto a alguien más desgraciado que yo?
-Qué ingenuo y egocéntrico eres, Felipe, ¡a montones los hay! Y en muchísimas peores circunstancias que tú. Y te puedo asegurar que aún les queda tiempo para ver a los demás y darles su comprensión y apoyo. Cuando lleguemos a la residencia te vas a enterar de lo que vale un peine, pues como hace tiempo que estás calvo, no lo sabes. ¡Vamos a desayunar! Verás cómo se te levanta el ánimo y algo más.
-¡Algo más! Si ya no recuerdo cuándo.
-¡No empieces de nuevo y come! ¿Qué tal está el chorizo?
-Mejor que el mío.
-¡Y dale! Eres un peste Felipe, no podrás joder…pero siempre estás jodiendo.
-La pena -dijo Felipe- es que no tenemos postre.
-¡Que no! Entra a por uvas.
Antonio, dobló un poco los dedos índice y corazón de la mano derecha, un poco abiertos, y se los puso delante de las narices a Felipe que entró a por uvas, dejándose apretar por ellos.
-Qué tonto eres Felipe, ¿aún no sabes que cuando alguien te dice ‘entra a por uvas’, y te pone así los dedos es con el propósito de retorcerte la nariz?
-Yo pensé que me decías que entrara a por uvas a la viña.
-Y esa era mi primera intención, pero primero quise ver si picabas, y picaste... bueno, ¿vas tú a por uvas o voy yo?
Felipe bajó del carro y subió con dos enormes racimos de uvas negras pequeñas pero muy sabrosas. Cogiendo los racimos por el ramo, en cuatro segundos acabaron con ellos a mordiscos. Sin darse cuenta habían llegado a Logroño, pronto se lo hizo notar un guardia de circulación, que les llamó al orden cuando pretendían saltarse un semáforo en rojo.
-¿A dónde van ustedes?
-Vamos a la residencia de ancianos.
-Con este carro no pueden ir por la calle principal, vayan por aquella de allí que hay mucho menos tráfico.
-¡Vale, muchas gracias agente! –respondieron los dos al unísono.
Aun así les costó lo suyo llegar a su destino. Por fin entraron en el patio de la residencia guiados por una monjita.
-¿A quién quieren ver ustedes?- preguntó la hermana.
-A la señora Angustias, que es mi madre- dijo Antonio.
-Pasen por favor.
Les condujo por un estrecho pasillo hasta un salón enorme donde había un montón de personas mayores, sentadas en mesas de a cuatro. En una de las paredes había colgado un televisor, al que nadie miraba, o si lo hacían, era con la mirada perdida.
-Felipe -le dijo Antonio- aquí no hay ningún cuadro.
-¿Te parece poco el que tenemos delante?
Mientras Antonio charlaba con su madre, Felipe se sentó en una mesa al lado de tres ancianos, dos hombres y una mujer.
-Buenos días, ¿cómo están ustedes?
Hubo de repetirlo varias veces, hasta que recibió contestación.
-Buenos días señor, bien, vamos tirando.
-¡Vaya!, pues no les va tan mal si les sobra para tirar.
Parece que la broma nos les hizo ninguna gracia, pues permanecieron con un gesto serio y sombrío.
-Mire señor, al entrar aquí a más de uno se nos quitan las ganas de bromas -dijo Juan, uno de los señores. Tengo ochenta años, ya llevo aquí cuatro, y me voy muriendo a pedazos, entre dolores de todo tipo, soledad y angustia. Estamos como pajarillos enjaulados, tenemos todas nuestras necesidades básicas cubiertas, pero nos falta verdadero cariño.
-¿No tiene usted hijos? -preguntó Felipe.
-Sí, cuatro, pero hace ya tiempo que no vienen, dicen que les da mucha pena verme así.
-Y ¿por qué no se lo llevan a casa?
-Dicen que no tienen sitio.
-¡Y una mierda, lo que no tendrán serán ganas!
- No lo sé, pero aquí me tiene, que estoy que no me tengo y no los tengo.
-Y ¿usted señor cómo está?
-Pues mal señor, muy mal, lucho desde hace tres años contra un cáncer de estómago, me estoy quedando en los huesos, me está comiendo poco a poco, pero apenas me deja comer.
-Y ¿usted señora, qué tal?
-Fastidiada hijo, tengo ya noventa años, mejor que me muriera, pero el señor no quiere llevarme, a los viejos no los quiere ni dios.
-No diga eso señora, verá como un día se acuerda de usted.
-¡Calle! ¡Calle! No diga eso ni en broma, a ver si le va a oír.
-Pues ¿no decía usted antes que quería morirse?
-Sí, eso se dice, pero cuando imaginas la muerte de cerca todos la espantamos como podemos. Y mire usted que ya ni veo, ni oigo apenas, pero aun así no quiero morir.
Felipe aún pudo charlar con varios ancianos. Cada uno le contó sus aventuras, y estaba el hombre abrumado por tanta pena, cuando Antonio vino a donde estaba pidiéndole que abandonasen el lugar para volver al pueblo.
-¿Vamos, Felipe?
-Cuando quieras Antonio, por un lado dan ganas de quedarse con estos pobres y por otro, estoy deseando de salir, porque me ahogo de pena y de rabia, al verlos así.
Cuando ya tomaron camino del pueblo, Felipe le dijo a Antonio.
-Jamás olvidare la lección de hoy. ¿Quieres creerme, que mientras pensaba en esos pobres no me dolía nada?
-Claro que te creo Felipe, ya te lo decía esta mañana, que si dejas de mírate al ombligo y miras a tu alrededor, siempre encontrarás personas que están en peor situación que la tuya. No debemos alegrarnos del mal ajeno, como aquel que dice que el mundo funciona así: “estoy jodido y me alegro, de verte jodido a ti, que otro jodido se alegra, de verme jodido a mí”. Los que piensan así son unos imbéciles, porque el mal de otro no le va a quitar el suyo. Pero sí debemos conformarnos, viendo a través de otros, que siempre las cosas pueden ser peor. Luchando siempre por superar cualquier problema, y cuando no puedas hacer más, mira, piensa y ayuda a los demás, y verás….

Moraleja
Todos tenemos problemas
aunque algunos no lo crean.
No lo hagas para alegrarte
sino para conformarte.
Si de moral estás bajo
mira desde ti, hacia abajo.

martes, 3 de enero de 2012

La abeja y el oso

Cuando terminó el cuento, Pío bajó la cabeza un tanto avergonzado ante la mirada de censura que le lanzó el abuelo Agustín. A Pío le gustaba mucho cazar y no es que fuese de aquellos que disparan a cualquier cosa que se mueve. Pero el cuento le había hecho reflexionar y de alguna manera comprendió que lo que hacía, a menos que fuese por necesidad, no estaba bien.
- Ahora soy yo - dijo Paula- , la que quisiera contar uno que leí hace muy poco. Se trata de unas abejas y un oso.
Era una primavera del año... bueno, no recuerdo la fecha. Lo cierto es que en un pueblecito de la Mancha, un señor tenía varias colmenas, pero no pensaba sólo en sí mismo, aunque no era un hombre de letras sabía que si cuando cogía la miel no dejaba la suficiente para el mantenimiento de las abejas, estas morirían o se irían a otra parte. Así que respetando esta norma vivía y dejaba vivir que es de lo que se trata.
Pues como iba diciendo, un día de primavera Marceliano, que así se llamaba el señor de las colmenas, salió de su casa con el ánimo de echar un vistazo a sus abejas.
Antes de llegar al sitio, y por todos los lados, veía como las  abejas se afanaban, yendo de un lado para otro en busca de las flores más diversas. Cuando las localizaban, metían la cabeza hasta el cuello y chupaban el néctar con verdaderas ansias; sin darse cuenta se pringaban casi todo el cuerpo de polen y de este modo iban fecundando a otras flores. ¡Labor maravillosa!, porque gracias a eso podemos disfrutar en verano de esos frutos tan jugosos. 
Estaba Marceliano absorto con esta maravilla cuando de lejos aún, pudo ver cómo un gran oso merodeaba por el colmenar. No llevaba otra cosa que una garrota en la mano así que se acercó sigilosamente pero no demasiado, sabía que un zarpazo de aquel animal podía matarlo. Se escondió detrás de un gran romero y con mucho dolor y asombro contempló la escena dramática que tenía ante sí.
El oso daba zarpazos sin control y ya había destrozado varias colmenas, metía sus manos y cogía los panales casi enteros llevándoselos a la boca. Los engullía con cera y todo.
Las abejas estaban agrupadas en el suelo y le decían:
- ¡Por favor! No destroces nuestro hogar, no sólo por la miel que es nuestro sustento, sino porque dentro están nuestros hijos. Coge si quieres, con cuidado, la necesaria pero no mates a nuestros hijos.
El oso hacía caso omiso de sus lamentos, el seguía con lo suyo, destrozando cuanto pillaba a su paso.
Todas las abejas menos una, no hacían otra cosa que llorar y llorar. Pero una de ellas, harta de tanto lamento por un lado, y de tanto abuso por parte del oso, ni corta ni perezosa, salió como una flecha del grupo y fue a clavar su aguijón en el ojo derecho del oso.
Este, al sentir el pinchazo, gritaba como un condenado.
- ¡Cabrita, cabrita! ¡Qué me haces!
- No soy una cabrita, soy una abejita.
- Pues, ¡aparta, maldita!
El oso, desesperado, se echó una mano al ojo, pero con tal fuerza que se lo sacó de cuajo.
No veáis cómo se puso, medio ciego daba golpes al aire. La abejita, al impacto del zarpazo había caído al suelo y perdido el conocimiento, pero las otras fueron en su ayuda. Cuando se recuperó dijo:
- ¿Qué me ha pasado, dónde estoy?
- Tranquila mujer, has sido muy valiente y gracias a ti no lo ha destrozado todo el oso.
Mientras decían esto, vieron venir al oso muy furioso, erguido y enseñando los dientes, un ojo desorbitado y el derecho medio colgando a la altura de la nariz.
Crecidas por la actuación de la abejita, no se lo pensaron dos veces. Todas agrupadas se lanzaron contra el oso, picándole cada una por dónde podía.
El oso ante aquel ataque en masa no pudo hacer otra cosa que poner pie en tierra y salir corriendo. Cuando pasó por el lado de Marceliano, éste le dio un par de garrotazos.
El oso, ni siquiera se volvió, siguió su carrera loca yendo a parar a un precipicio por el que cayó quedando muerto en el acto.
Las abejas regresaron al colmenar donde encontraron a Marceliano llorando amargamente.
- ¡Llora, llora, llorón! Lo que tenías que haber hecho, era defendernos y no esconderte detrás del romero, ¡madero!
- Lo siento pequeñas mías, pero tuve miedo. Pero no os preocupéis. Ahora mismo voy a poner en orden todo esto y haré unas colmenas nuevas, para sustituir las que ha roto.
- Más te vale, Marceliano. De ello dependen nuestras vidas y el que tú sabores nuestra miel. Y no olvides poner una valla, para que no pueda entrar el oso.
Mientras Marceliano ponía manos a la obra, para restaurar todo aquello, las abejas pusieron a la abejita valiente encima de una colmena y le dijeron:
- Desde hoy te nombramos nuestra reina, ya que lo tienes bien merecido por tu valor y por el ejemplo que nos has dado.
Al oír estas palabras, la reina auténtica del enjambre, dejó oír su voz con estas palabras:
- ¡Vuestra reina soy yo! Nadie puede usurparme el título, que por naturaleza me corresponde. No olvidéis que yo soy la que pone los huevos en la colmena y que gracias a eso la colmena es un hervidero de vida.
- No dejamos de reconocer la labor tan meritoria que te ha otorgado la madre naturaleza, pero tendrás que reconocer que si es importante dar la vida no lo es menos el defenderla. Y la verdad, en eso de defenderla tú no has sido lo que se dice un buen ejemplo. Deberíais habernos capitaneado desde un principio, y todo este desastre se podía haber evitado, pero eres una huevazas y no lo decimos por la cantidad de huevos que pones, tú ya nos entiendes... así que te guste o no, de ahora en adelante seguirás poniendo huevos que es lo tuyo. Y como para ese menester no necesitas la corona real, permítenos que te despojemos de ella y se la pongamos a nuestra heroína, que aún siendo la más pequeña, se ha portado como una auténtica reina.
Cuando ya tenía puesta la abejita la corona, todas se inclinaron haciendo una profunda reverencia y para asombro de todas hasta la reina huevona, que con ello daba a entender su reconocimiento a la reina valiente.
- ¡Gracias, queridas amigas! Mirad que no digo súbditas, pues si os considerase como tales, bien podría ser que en los momentos críticos, pensara más en mí que en vosotras, por eso os llamo amigas.
Con un gran aplauso acogieron todas aquellas palabras.
Con una reina así, difícil lo tenía cualquier oso que osara meterse con ellas.




Moraleja:
Más se parece vivir
a luchar que a danzar
por tanto poco dormir
para alerta siempre estar.

La liebre y el cazador

Cuando finalizó Fidela el cuento, ya estaba anocheciendo.
- ¡Chicos, vamos a recoger todo antes de que se haga de noche!
Poco caso hicieron los hijos al llamamiento de Pío, todos estaban dispuestos a marcharse, sí, pero de vacío. Por fin, cada uno metió en su mochila lo que había traído y se dirigieron a casa.
Lo primero que hizo Pío fue hacer fuego; primero puso unos tomillos secos como cama y encima varios troncos de haya. Pronto el fuego cogió fuerza; al principio venía a ser como si el propio infierno hubiera descendido a la cocina, chisporroteos, lenguas de fuego de diferente longitud que unas veces lamían los troncos y otras, querían dar lametazos por la chimenea. E incluso alguna atrevida pretendía hacerlo en el suelo. Poco a poco se fue calmando,  y los troncos de haya dejaron ver sus entrañas rojas, blancas, azuladas, al tiempo que se iban desintegrando formando en la base un montón de ascuas.
El primero que se había colocado al lado del fuego fue el gato. Se hizo el dormido, y digo que se hizo, pues al mínimo movimiento abría un ojo y luego volvía a cerrarlo. Acto seguido fue el perro; éste no se puso tan cerca del fuego como el gato, lo hizo en el lado opuesto, observado de vez en cuando por aquél, que tenía controlados todos sus movimientos. En una de éstas, Pío fue a echar más leña al fuego y sin querer le pisó la cola al gato. Este saltó y sin proponérselo se echó encima del perro.
Para qué contaros la que allí se armó, en una de las veces el perro consiguió coger al gato por el cuello, le zarandeó de un lado para otro y todos temieron por su vida. Pero como todos sabemos, el gato tiene siete, que es una forma de decir que es duro de pelar. No sé cómo el gato, logró ponerse debajo de la tripa del perro y se pegó a él, con los dientes y con las uñas. Por más que el perro quería morderle era inútil, pero el gato como podía iba haciendo de las suyas.
El perro ladraba lastimosamente como pidiendo auxilio, al que acudió Agapito, dando al gato una patada y sin querer le mandó al fuego.
¡Mira!, pegó tal brinco el gato al sentirse quemar sus patas, que salió por la chimenea como un cohete. Ni qué decir del alboroto que se había armado en casa.
Por fin, mientras Fidela preparaba la cena, Pío propuso a los demás que contaran algo.
- Hasta ahora, digamos que hemos llevado un orden riguroso para contarnos cuentos, con la ayuda de la abuela, pero ya veis que la pobre se duerme. ¿Qué os parece si lo hacemos a nuestro aire? Pienso que así nadie quedará obligado y que cada uno lo haga cuando le apetezca.
- Bien - dijeron todos.
- Entonces que comience el que lo desee.
Fue el abuelo Agustín el que levantó la mano, indicando con ello que quería ser él, comenzando de esta manera:
- En un pueblo de Castilla, había un cazador que tenía fama de que dónde ponía el ojo ponía el cartucho. Como un día cualquiera, se levantó temprano, cogió su escopeta y se fue al monte en busca de alguna presa. El día anterior había tenido mucha suerte, estaba levantada la veda para la codorniz. Se introdujo por los inmensos rastrojos con sus dos perros, Listo se llamaba uno y Espabilado el otro. Aún quedaban trigales sin segar.
A él le estaba prohibido meterse entre ellos, así que mandó a los perros que lo hiciesen. Obedientes y atentos a su voz, los dos perros fueron peinando el trigal sin dejar un centímetro despeinado. Luciano, que así se llamaba el cazador, esperaba atento con la escopeta en prevengan. Tan pronto como uno de los perros se quedaba quieto, como una estatua con una de sus manos levantada, Luciano sabía que allí había codorniz. Los perros se acercaban lentamente, sin respirar, en ese instante se oía el silencio. Por fin, de repente, se lanzaban y es cuando la presa echaba volar, circunstancia que aprovechaba Luciano para afinar su puntería y hacer el disparo. Toda la mañana anterior se la pasó de este modo y se trajo a casa, atadas al cinto, más de un par de docenas de codornices.
Siempre era la envidia de todos los del pueblo; la de algunos era sana, pero otros rabiaban al verle y le decían que dónde las había comprado. Luciano pasaba de éstos últimos, sabía que más de uno hablaba así porque eran muy malos con la puntería. Para compensarlo se iban a un pueblo de al lado donde había un señor que tenía una granja de esas que se dedican a venderte las aves que quieras, las van soltando por el campo en poco espacio de terreno. Luego van los compradores y se entretienen cazándolas. Pero eso a Luciano no le hacía ninguna gracia, eran aves que volaban a ras de suelo, por tanto eran presa fácil. A él le gustaba salir a campo abierto y allí, en igualdad de condiciones, seguir a la presa, a veces incluso toda la mañana para en muchos casos, quedarse con la miel en los labios.
No digamos de algunos de los mencionados anteriormente, que ni siquiera permitían que las aves compradas fuesen esparcidas por el campo. Como haciendo una gracia, ponían delante de sí la jaula llena de aves y allí mismo disparaban a placer. A Luciano este solo pensamiento de revolvía el estómago. Cómo podían llamarse cazadores, aquellos canallas, se decía a menudo.
Como os decía al principio, después de que el día anterior lo pasase entre trigales, hoy le apetecía meterse por el monte de arriba, a ver si tenía un poco de suerte y cazaba alguna liebre. Andando, andando, pudo ver varios hoyos en el suelo, donde alguna liebre había estado encamada. Por algunas cagarrutas que había en una de ellas y como Luciano era un experto, pudo certificar que cerca estaba la liebre, dado que las cagarrutas aún estaban tiernas.
Hacía una mañana espléndida, la temperatura era un poco fresca, pero como el sol calentaba de lo lindo daba gusto caminar. El terreno era suave, salvo algún montículo sembrado por doquier de tomillos en flor y de espliego. Sin querer, Luciano iba tronchando los mismos y ellos, a sus pisadas respondían devolviéndole un aroma exquisito, que entrando por la nariz alegraba el cuerpo y el alma.
Más o menos como nos portamos los seres humanos, que si nos pisan un simple callo ponemos cara de mala leche, si no le pisamos al que accidentalmente lo hizo.
Casi con esta maravilla de día, Luciano se había olvidado de que estaba cazando, cuando de pronto su perro Listo comenzó a ladrar seguido por Espabilado. Rápidamente Luciano se echó escopeta al hombro no sin antes meter los cartuchos correspondientes y se puso a seguir a los perros. Pronto pudo ver cómo una hermosa liebre saltaba como si el suelo no fuese de tierra, sino de ascuas. Cuando le sacó una buena ventaja la liebre se sentó sobre sus posaderas. Levantó al aire el resto del cuerpo y en esa postura tan graciosa, girando la cabeza a modo de periscopio, parecía que se burlaba de ellos, invitándoles a seguirla.
A Luciano le vino a la memoria lo que en cierta ocasión le había contado su padre:
- Mira hijo, las liebres son como las mujeres, si alguna vez te encuentras con alguna, hazte notar, pero no la persigas demasiado, porque correrá cada vez más. Cuando ella vea que no la persigues, se sentirá ofendida. Entonces se posará pavoneándose, provocándote, y ese es el momento. Si es una mujer, para darte cuenta de que está a tiro y si es una liebre de que debes pegárselo.
Así que Luciano se dispuso a disparar pero en ese momento, para asombro suyo,  la liebre en vez de huir, vino corriendo hacia él. Ante una acción tan extraña como aquélla, Luciano se quedó pasmado y fue incapaz de disparar. La liebre se puso a sus pies en una postura suplicante,  juntas sus dos manitas y con lágrimas en los ojos:
- ¡Por favor! No me mates, he decidido venir donde ti para suplicarte, podía haber intentado huir pero no quise tentar a la suerte. Si me hubieras matado, mis niños se hubieran quedado sin madre. Han venido al mundo ayer, necesitan de mis cuidados, de no ser así morirían de hambre. Ten piedad de ellos, no suplico por mi vida, sino por la de ellos.
Luciano, que era un hombre sensible y honrado, se emocionó, se puso de rodillas, cogió a la liebre, la estrechó entre sus fornidos brazos y le dijo:
- Mira criatura, yo salgo a cazar porque no puedo reprimir mi instinto natural, no por necesidad. Si mi vida dependiera de comerte o dejarte, con toda seguridad mi vida sería antes que la tuya, no tengo yo la culpa, está montado así. Pero no es el caso, tengo la nevera llena y te puedo asegurar que siempre que mato una presa, siento pena después, pero ya no hay remedio. Ve con tus hijos, mujer, yo soy un cazador pero no un canalla.
La liebre acercó su cabecita a la suya, como queriendo darle las gracias y de un brinco se puso en el suelo; en menos que canta un gallo desapareció. Luciano llamó a sus perros para que la dejaran en paz. Jamás en su vida había sido tan feliz como en ese momento. Descargó la escopeta y silbando de contento siguió disfrutando de aquel día maravilloso.





                                                       Moraleja:
Matar a cualquier bicho
y por puro capricho
no lo veo natural
¡no lo hace ni un animal....!
                                            





lunes, 2 de enero de 2012

Navidad año 1



Cuando Agapito término, era ya muy tarde. Los más pequeños se habían dormido y el resto, unos bostezaban y otros se frotaban los ojos, dando claros indicios de que el sueño estaba llamando a la puerta.
- ¡Hala! Vamos a la cama - dijo Fidela. Mañana, como es Navidad, iremos a pasar el día en el campo. Ya sé que vivimos en él, pero no es lo mismo un día normal, en que vuestro padre trabaja la dura tierra, vosotros que tenéis que ir a la escuela y yo, que además de hacer las labores de casa, tengo que atender a los abuelos. Por eso quiero que mañana sea un día diferente. Nos levantaremos pronto, prepararemos la comida y pasaremos el día a orillas del lago rodeados de olmos, abetos, alisos, etc... ¿qué os parece?
- ¡¡Bien!! - dijeron todos.
Muy de madrugada, Fidela fue llamando a toda la familia para que se levantasen. Pese a las promesas de la noche anterior, todos pusieron alguna pega al hacerlo. Todos colaboraron al fin, para que la comida estuviese lista lo antes posible.
Como el campo lo tenían a la puerta de casa, sólo tuvieron que andar unos minutos y ya habían llegado al lago. Era un lugar precioso. Bordeando el lago había, como he dicho antes, toda clase de árboles; por sus aguas se deslizaban patos de diversas especies. Qué maravilla era poder contemplar el espectáculo que hacían mamá pata y una docena de patitos que la seguían en fila india, apenas rayaban la superficie cristalina del hermoso lago.
Y qué decir de media docena de cisnes blancos, parecía que no eran ellos los que se deslizaban, sino que era la enorme plataforma de agua que los desplazaba majestuosa y silenciosamente.
- ¿Os parece bien aquí? - dijo Pío.
- Vale, papá - dijeron todos a un tiempo.
Habían elegido un lugar al socaire, a un palmo de la orilla, donde el agua llegaba mansamente, sin atreverse a rozar el suelo; parecía una gran moqueta color verde, de todos los tonos, obediente, para conseguirlos a la inclinación de los rayos del sol.
Desplegaron una gran mesa y luego las sillas, se fueron sentando todos. Fidela sacó de una de las mochilas un gran termo con leche, y de otra bolsa unos bollos. Cada cual cogió un gran tazón y se lo iba acercando a Fidela para que lo llenase. Cuando todos estuvieron servidos, fue Fidela la que les propuso contar el cuento que le correspondía a ella, por no haber podido contarlo la noche anterior.
- Ya que hoy es Navidad me gustaría contar un cuento navideño, que aprendí de niña, ¿qué os parece?
- Bien mamá, cuéntalo.

- El cuento se refiere al nacimiento del niño Jesús y empieza así:
Como si fuese un balón enorme de fuego, el sol rayaba ya con el horizonte del mar, las olas le lamían, como si tiraran de él hacía sí. Estaban heladas de frío y esperaban ansiosas a que se hundiera para que les diera calor.
Una vez que, en apariencia, el Sol se fundió con el mar, en el cielo se fueron debilitando unas tonalidades de colores, que antes eran preciosas: rojo fuego, azules de tonos preciosos, maravillosos. Todo esto se esfumó y por oriente apareció la luna, vestida con una capa de armiño. Las estrellas, nadie diría que enormes, parecían los ojos de las hijas de la luna, que al ver a mamá, centelleaban de alegría y formando grupos caprichosos, esperaban su paso dándole la bienvenida.
Toda la tierra guardó silencio, salvo algunos lobos, que con sus aullidos parecían reírse a carcajadas de contentos, por tan bello espectáculo. De pronto el aire se quedó quieto, absorto ante tanta maravilla, y como estaba acostumbrado a correr, eso es lo que hizo. Iba de un lado para otro desconcertado, a su paso por puertas y ventanas se colaba por las rendijas, dando la impresión de que éstas silbaban.
En una casa medio rota, había nacido un niño. Era precioso, su pelo, negro ensortijado; sus ojos como el cielo raso rutilaban como dos estrellas, su cuerpecito se agitaba con movimientos incontrolados. Por más que su madre María trataba de taparle con unas pajas que había en el suelo, él las tiraba una y otra vez, y su padre José, para que no pasara frío, puso a su lado una mula y un buey que había en el establo.
Así, con el calor de los animales, el niño se quedó dormido. Al rayar el alba, José salió a por leña para hacer fuego y preparar un poco de leche caliente. Pero cuál no fue su sorpresa, cuando se encontró todo el campo cubierto de un manto blanco. Era una maravilla y se preguntó:
- ¿Qué es esto?
A lo que le respondieron unos pajaritos, que con sus trinos saludaban al nuevo día:
- Ha sido la luna, que antes de acostarse y viendo al niño tiritando de frío, se ha quitado su manto y lo ha dejado caer para darle abrigo.
José les contestó:
- ¿Pero qué abrigo? Si esto está helado.
Ellos le contestaron:
- El que da lo que tiene no está obligado a más. De todos modos, no digas José, que no es una maravilla. No servirá para calentar el cuerpo, pero sólo poder contemplar tanta belleza, produce llamaradas en el alma. Pronto saldrá el sol, y más vale que no nos dé todo el calor que tiene; con que nos dé un poquito, nos animaremos todos.
Mientras decían esto los pajaritos, ¡majestuoso!, con un color rojo vivo, el sol hizo su aparición en el cielo.
El silencio que antes reinaba, en principio se convirtió en murmullo, y luego en algarabía; la tierra entera hervía de vida, por doquier, todos desperezándose daban gracias a Dios por el nuevo día.
Pero Dios, que hasta entonces no se había dejado ver, estaba ahora en la tierra en un portal. El, el Rey de Reyes, el dueño y señor de todo, descendiendo hasta nosotros para con su presencia, darnos ejemplo, ánimo, luz y esperanza.
María, su madre, le tomó en sus brazos. Quería taparle con su manto, pero Jesús no la dejaba, parecía como si intuyese que a partir de entonces, por más que nevara y que el viento soplara, el iba a tener una casa calentita, el corazón de muchos seres humanos.
El era todo fuego de amor, sólo bastaría que nosotros le abriésemos la puerta de nuestros corazones, para que como sol naciente, inundara toda la humanidad con su calor, contrario al frío del egoísmo, que puede hacer, si queremos, que cada día seamos más solidarios y a nadie de falte el alimento, para el cuerpo y para el alma.
- Y aquí - dijo Fidela - termina esta historia, que para muchos es un cuento pero que nos permite recordar, al menos una vez al año, que todos somos hermanos, aunque al día siguiente hayamos de tener mucho cuidado de no hacer el primo... ¿Qué os ha parecido el cuento?
- ¡Eso no es un cuento! - dijo Paula -, ha sido verdad.
- Pues claro hija - le dijo Pío -,  mamá lo ha contado como un cuento para que le prestamos más atención.
- ¡Chicos, hay que ir a por leña para hacer la paella, que ahora anochece enseguida!
Todos los chicos se internaron por el bosque en busca de un palo seco, para hacer la comida lo antes posible, el estómago empezaba a dar voces de auxilio.


Moraleja:
Unos dicen que en Belén,
otros, ni se lo plantean,
tanto da, dónde, o quién,
mas todos, le necesitan.